"Nunca digas que fue un sueño. No aceptes tan vanas esperanzas"

Blog construido específicamente para el curso Estrategias II del Magíster en Comunicación Política, U. de Chile. Luego... desaparecerá (el título es un verso de Kavafis)

10 abril 2007

¿Hacia un “progresismo compasivo”? (de Antonio Cortés Terzi)

Sin necesidad de maniobras ni conspiraciones, el cambio de gabinete es el inicio del retorno al “reordenamiento” del sistema de toma de decisiones en función de prácticas oligarquizantes creadas bajo el influjo de la transición y del afamado “modelo económico”.

“El sueño del bacheletismo que nos tuvo a todos con los ojos anegados de emoción parece no ir más”. Esta frase de Carlos Peña (“El Mercurio”, 01/03/07) resume una de las mayores coincidencias que se encuentran en las interpretaciones que se han hecho del último cambio de gabinete. La conclusión más compartida entre círculos políticos e intelectuales es que la nueva composición ministerial sería una sólida señal de que, en lo esencial, el proyecto Bachelet se frustró y que se inició un giro sustantivo en ideario, proyecto y poder favorable a las corrientes tradicionales y liberales de la Concertación.

El ideario Bachelet nunca fue definido de la A a la Z. Pero más que una carencia o error -aunque en algunos aspectos lo eran-, sus indefiniciones o vaguedades sobre determinadas áreas resultaban de uno de sus rasgos identificatorios: su aspiración innovadora. Como cualquier buen espíritu innovador, este ideario no constreñía la innovación a un estricto plan prediseñado, sino que dejaba espacios para una innovación en base a la marcha de la misma.

La propuesta tenía dos ejes centrales: énfasis programático en lo social y desarrollo de una nueva generación lideral de la Concertación. Ambos se contravenían y se conflictuaban de modo objetivo con dinámicas mentales y de poder fuertemente instaladas y hegemónicas en los hechos al seno del concertacionismo. A su vez, ambos eran orgánicamente interdependientes: sólo una nueva generación podía dar el viraje ambicionado y sólo ese viraje le daba racionalidad histórica al desarrollo de una nueva generación.

El cambio de gabinete virtualmente terminó con el ya debilitado proceso de configuración de nuevos liderazgos. Caducado ese eje, el innovador de manera necesaria se debilita y del énfasis social es probable que se pase al acento en el crecimiento, que siempre entraña grados importantes de conservadurismo en materias políticas, societarias, culturales, etc. Que la transformación generacional ha sido sacrificada se confirma no sólo por el regreso de antiguas figuras, sino por la supremacía que alcanzó en el gabinete la fracción liberal de la Concertación. Es efectivo que el equipo tiene rostros nuevos provenientes de la escuela económico-liberal. Pero hay que atender a dos detalles: dada la composición ministerial, el nexo más significativo entre los nuevos rostros no es el generacional, sino su adscripción al liberalismo. Y, quiérase o no, adscriben además a una de las corrientes transversales más tradicionales del concertacionismo y que, bemoles más bemoles menos, ha participado activamente en la configuración de un pensamiento y un estilo tradicional del concertacionismo, en extremo influyente en las improntas continuistas de los gobiernos de la Concertación.

De ninguna manera los rostros nuevos se pueden considerar representativos de una nueva generación y menos de una innovadora en el campo de la renovación progresista de la centroizquierda. ¿Por qué el Gobierno más confesamente identificado con la proyección de los idearios ancestrales socialdemócratas y socialcristianos termina concediéndole -como ningún otro- tanto poder al economismo-liberal? El cientista político Alfredo Joignant ha dado una razón muy atendible (“Estado Nacional”. TVN, 25/03/07). Su hipótesis, dicha de forma escueta, es que la “culpa” mayor radicaría en las propias corrientes afectadas, toda vez que, a diferencia de las liberales, no han logrado edificar homogeneidades político-culturales con soporte de poder político ni un cuerpo de ideas traducible en propuestas de políticas públicas, ni tampoco ofrecen una cartera suficiente, competitiva e idónea de político-intelectuales y tecnopolíticos. De allí que, ante las premuras y demandas ejecutivas del Gobierno, la mejor opción era recurrir al stock de liberales.

La hipótesis, como se dijo, es atendible y, es probable, que explique buena parte del asunto. Pero podría ser complementada con una duda: ¿no será que la hegemonía económico-liberal en Chile es de tal grado y se ha fraguado en círculos de poder tan oligarquizados que ha conseguido crear la imagen, precisamente, de inexistencia de pensamientos políticos y tecnopolíticos alternativos? ¿No será que sí existen alternativas social-progresistas al liberal-progresismo, pero que no se las ve merced al formidable murallón dentro del que las ha encerrado la hegemonía y poder del liberal-progresismo?

Lo que aquí se sostiene -a propósito de lo anterior- es que la presumible caducidad del proyecto es sólo un síntoma de una cuestión más amplia, más grave y más dramática. Este proyecto amenazó la preeminencia de los grupos de poder concertacionistas que se armaron en el curso de más de tres lustros. Pero al amenazarlos, puso también en jaque todo un sistema de toma de decisiones que ha operado por mucho tiempo en la vida nacional. En consecuencia, también amenazó a grupos de poder extra Concertación. El derrumbe del proyecto, más allá de sus propias fallas, es, en gran medida, debido a la reacción natural, espontánea, de los circuitos de poder transversales gestados en los últimos años y que configuran la esencialidad de lo sistémico.

Sin necesidad de maniobras ni conspiraciones, por “el peso de la noche” (léase, el peso de lo sistémico), el cambio de gabinete es el inicio del retorno al “reordenamiento” del sistema de toma de decisiones en función de las prácticas oligarquizantes creadas bajo el influjo de la transición y del afamado “modelo económico”. El drama es que la frustración del proyecto Bachelet es muchísimo más que eso. Es además y entre otras cosas, el presagio de que la Concertación es incapaz de renovarse de modo significativo y que la centroizquierda está cada vez más entrampada en lo sistémico y en su reproducción. Tal vez sea hora de ir pensando en una nueva definición “doctrinaria” para una centroizquierda tan encorsetada en cuanto a ideario y proyecto. Se sugiere, parafraseando a las neoderechas, definirse como “progresismo compasivo”. Ser más compasiva que la derecha sería el “gran” ethos diferenciador de la centro-izquierda.

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19 febrero 2007

Sunday, Bloody Sunday, por Sergio Kiernan (Página 12)

A 35 AÑOS DE LA MASACRE QUE DESATO UNA GUERRA EN ULSTER

Fue el momento simbólico del conflicto de Irlanda del Norte: en ese Domingo Sangriento de enero de 1972, el ejército británico abrió fuego contra una manifestación pacífica en Derry y desató una verdadera guerra civil de casi 30 años. Los disparos encendieron una mecha que terminó costando cientos de vidas y cuyas últimas chispas todavía cuesta apagar.

El 30 de enero de 1972, apenas pasadas las cuatro de la tarde y con el sol de invierno ya bajando, dos regimientos del ejército británico abrieron fuego contra una manifestación en Derry, la ciudad más católica del Ulster. Fueron apenas veinte minutos, hubo trece muertos, muchos heridos y veinticinco años de mentiras y encubrimiento de varios gobiernos. La masacre rompió como un cristal las últimas posibilidades de encaminar pacíficamente uno de los entuertos más bravos de la historia humana, el conflicto irlandés, y desató una ola de violencia asombrosa. Después del Domingo Sangriento, resucitaron de sus cenizas tanto el IRA, la guerrilla más antigua del mundo, como los paramilitares protestantes. El baño de sangre sólo iba a parar en este otro mundo en que vive Europa ahora, el de la Unión, cuando el Muro de Berlín es un recuerdo y los fierros, una suerte de vergüenza africana.

El Ulster de 1972 ya iba camino a la violencia, con los frenos seriamente pinchados. La misma provincia era una entidad artificial, tanto de pato como de gallareta, producto de una rendición a medias y de un triunfo cortado. Los irlandeses nacionalistas le habían ganado su independencia a los británicos, de la mano de Michael Collins y después de siete siglos, pero les había alcanzado para ganarla sólo políticamente: el primer IRA forzó a los ingleses a negociar o a ponerse totalitarios, pero no los venció militarmente. Lo que surgió fue una partición de la isla, autónoma –y después independiente– en todo menos en un rincón del Norte donde los protestantes eran mayoría y amenazaban con su propia guerra si no seguían siendo británicos. Así, en 1922, Irlanda pasó a tener dos parlamentos, uno en Dublín, nacionalista y republicano, y otro en Belfast, bajo bandera inglesa y con el raro status de ser el único rincón del Reino Unido con autonomía parcial. La entidad tenía hasta problemas de nombre –¿Irlanda del Norte? ¿Ulster?– y ni hablemos de la identidad: todos eran irlandeses, pero no como los otros irlandeses.

El Ulster duró unos cuarenta años más o menos en equilibrio, con un apartheid de hecho donde los católicos, sospechosos de nacionalismo, eran ciudadanos de segunda, sin derecho a ejercer ciertas profesiones y con cuotas para los empleos públicos. Los protestantes la tenían cómoda, ya que su mayoría les permitía ejercer el poder sin sobresaltos. Tanto, que por medio siglo gobernó siempre el mismo partido, con la misma mayoría de diputados y sin necesidad de pensar demasiado. Los católicos, a su manera, sostenían el sistema por su notable rigidez ideológica. La única política aceptable para ellos era el nacionalismo entendido como fundamentalismo irredento: la patria irlandesa no aceptaba la misma existencia del Ulster, de sus instituciones y su gobierno. Los protestantes eran apenas entreguistas, cipayos de los ingleses, peones en un juego de poder dirigido desde Londres. El resultado era que los nacionalistas que resultaban electos para el Parlamento de Stormont no hacían nada. Pero nada de nada: en medio siglo no lograron ni una ley que ayudara a su grey a tener una mejor vida. Y el otro resultado era que la mayoría de los paisanos, los protestantes, terminaban como fantasmas: nadie pensaba que realmente podían sentirse británicos, que sinceramente pensaban lo que decían, que no querían ser irlandeses gobernados desde Dublín.

Los protestantes no facilitaban el diálogo, presos de sus propios fantasmas. En Ulster todo católico era sospechoso de ser un rebelde feniano, un tirabombas, y el fundamentalismo protestante era de una grosería rampante. El inefable reverendo Ian Paisley, que ahí sigue jorobando, ya ganaba fama en los años sesenta con sus sermones sobre “la puta de Babilonia” (la Iglesia católica) y sus llamados a la violencia armada contra “ésos”. Ulster era un lugar victoriano, conservador, rígido, donde los domingos cerraban los comercios, los cines y los bares para que todo el mundo fuera a su iglesia.

Y aun así, la situación se sostuvo hasta la noche tarde del 7 de mayo de 1966, cuando dos protestantes medio mamados encendieron la mecha. Inflamados por Paisley, tapándose la cara con un impermeable y zigzagueando por un callejón de Belfast, los dos “comandos” le tiraron una molotov a una licorería cuyo dueño era católico. Pero el exceso de cerveza los traicionó: la bomba cayó en la casa de al lado, rompió la ventana del living y le explotó encima a Matilda Gould, una señora de 77 años, lisiada y protestante, que siempre dormía en la planta baja para no subir las escaleras. Lo que bien puede ser descripto como la segunda guerra civil irlandesa arrancó con los gritos de una abuela quemándose viva.

Los borrachos de impermeable eran militantes de la Fuerza Voluntaria del Ulster, la UVF, un pequeño grupo de clase obrera protestante que quería luchar contra la “subversión católica”. El grupo emitió un comunicado detallando que los primeros blancos serían “cuadros conocidos del IRA”, pero el festival de matanzas siguió con un homeless alcohólico y católico, y con un chico de 18 años que volvía tarde de trabajar.

Un problema era que en 1966 era difícil encontrar alguien del IRA en Belfast. La organización acababa de cumplir medio siglo –había nacido de la unión de varios grupos paramilitares para la rebelión de Pascua de 1916, como ejército de la clandestina República Irlandesa– y era un fantasma anticuado, lista para un cambio generacional y viendo cómo grupos de izquierda influidos por las campañas de derechos civiles de Martin Luther King le ganaban la calle. Estos grupos querían trascender la división protestantes-católicos, pensando que los intereses proletarios son comunes, y querían exponer las injusticias del sistema con marchas y manifestaciones sobre temas como vivienda, salud y trabajo. Tuvieron mucho éxito, gracias a la televisión y a la torpeza del gobierno local, que reprimió con gusto todo lo que se moviera y logró que los problemas del Ulster pasaran a la agenda de Londres.

El gobierno británico, para peor laborista, simplemente le ordenó a Stormont que reformara el sistema. Así, hubo anuncios sobre vivienda, voto, empleo y abolición de las viejas leyes especiales que enfurecieron a los protestantes duros. Los grupos de derechos civiles florecieron como hongos, de izquierda y moderados, en su mayoría católicos pero también ecuménicos, todos tomando las calles de pueblos y ciudades, todos sospechados oficialmente de ser apenas “frentes” del IRA. El frágil equilibrio terminó cuando una amplia marcha católica en Belfast fue atacada por cientos de protestantes armados con ladrillos y palos. Hubo cantidades de heridos, gruñidos desde Londres y varias renuncias de los más duros en el gabinete local. El gobierno cayó y hubo que llamar a elecciones.

El voto de febrero de 1969 creó otro país, que se las arregló para llegar a fines de siglo. Los unionistas moderados ganaron pero perdieron su mayoría automática, ya que los extremistas les armaron bloque propio. La “nueva izquierda” católica barrió a los viejos nacionalistas, cuyo partido prácticamente dejó de existir. Lo curioso es que, debilitado y todo, el gobierno siguió siendo el mismo, igualmente presionado por Londres y dispuesto a reformar el sistema. Los grupos extremistas protestantes, que iban desde patotas de barrio a células políticas, se unificaron bajo el paraguas del UVF, y las bombas empezaron a explotar por todos lados. Tantas, que el gobierno volvió a caer.

Para el verano, la cosa se le estaba yendo de las manos a todo el mundo. El verano es la época más cruel en el Ulster, ya que los protestantes festejan sus viejos triunfos del siglo XVII contra la nobleza católica con marchas provocativas, que por alguna razón siempre pasan por los barrios católicos. En el relativo calor de ese año, comenzaron a llover ladrillos y molotovs sobre los estandartes naranjas de las marchas, que por decenas degeneraron en trifulcas memorables. Los unionistas se encontraron desbordados y la conducción del IRA se desayunó con que los militantes jóvenes de Belfast ya no obedecían las moderadas órdenes de Dublín. La batalla estalló en serio, con muertos, en Derry y Belfast, donde los extremistas protestantes atacaron abiertamente los barrios católicos, protegidos por la policía, y los jóvenes militantes del IRA salieron a la calle a defenderlos con lo que tenían a mano. En agosto, el gobierno capituló y pidió a Londres que enviara al ejército. Las tropas fueron recibidas por los católicos como protectores, con tazas de té y abrazos. Los protestantes comenzaron a armarse en serio. Y el IRA comenzó un debate interno que resonaría en Irlanda por décadas.

Básicamente, la organización de Belfast se cortó sola. Primero, llamó a un congreso a fines de 1969 y por mayoría simple votó aceptar la realidad de Stormont, asumir que existía Irlanda del Norte. Luego, se dividió cuando los más duros, liderados por Sean MacStiofan, repudiaron “la entrega”. Los disidentes, entre los que se contaba un joven barman llamado Gerry Adams, no hicieron a tiempo de llamar formalmente a un congreso propio, por lo que adoptaron el nombre de IRA Provisional. La etiqueta prendió y en los barrios obreros católicos de Belfast comenzaron a aparecer pintadas mostrando un fénix y la consigna, “De las cenizas del ’69 surgieron los provisionales”.

El nuevo IRA era una peligrosa mezcla de dogmatismo republicano –no se negocia, no se participa en política, no se va a elecciones– y de broncas mal digeridas por una vida de opresión. En sus filas andaban veteranos de viejas lides como Billy McKee, fierrero con historia, y pibes indignados como Martin McGuinness. Todos tenían contactos en Nueva York, la ciudad de donde siempre llegaron fondos y armas para la causa, y pronto los arsenales comenzaron a crecer.

Mientras los bandos se armaban y reclutaban, se terminaba el romance con el ejército británico. Las tropas rápidamente se encontraron haciendo trabajo de policías y para junio de 1970 comenzaron los muertos. En los enfrentamientos entre católicos y protestantes, los soldados se ponían al medio, con lo que cobraban de ambos lados, pero más del católico. Para junio, nuevamente verano, los dos IRA –el Provisional y el Oficial– comenzaron a atacar al ejército y a defender los barrios católicos. Esta vez no eran palos y piedras, eran armas largas, y las tropas de Su Majestad tuvieron sus primeras bajas en suelo soberano desde la blitzkrieg alemana. El 6 de febrero de 1971, en una emboscada cuidadosamente planeada, Billy Reid, un pibe del Tercer Batallón del IRA Provisional, mató con una ametralladora a Robert Curtiss, soldado raso de veinte años de la Artillería Real. Ese día se cruzó una línea.

Las bajas militares, las decenas de bombas, los muchos asesinatos selectivos, el constante desorden, las batallas callejeras y las huelgas, tanto católicas como protestantes, desbordaron al gobierno y se tragaron al movimiento por los derechos civiles. Para el 9 de agosto de 1971, con el ejército inglés desembarcando diariamente refuerzos, el gobierno decidió “internar” a los provisionales: ese día, muy de madrugada, se realizaron las primeras razzias en los barrios católicos, con tropas armadas hasta los dientes y con listas de sospechosos a detener sin cargos ni jueces. La operación resultó en una batalla campal y en pocas horas había 15 muertos y 342 detenidos, doce de los cuales fueron prolijamente torturados por una semana en una base de la Fuerza Aérea en Ballykelly.

La operación fue un fracaso. Hubo un escándalo en Gran Bretaña por las torturas, el Consejo Militar del IRA dio una conferencia de prensa para mostrar que seguía libre y operando, y la venganza de los provisionales resultó en 32 militares ingleses muertos. La espiral de violencia empeoró, con ambos bandos poniendo bombas en bares y locales comerciales, con una alarmante cantidad de niños y hasta bebés muertos. El año horrible de 1971 terminaba con un baño de sangre.

Derry, la segunda ciudad de Ulster llamada Londonderry por los protestantes, se había salvado de lo peor. Menos sectaria que Belfast, los moderados todavía marcaban el tono y a los provisionales les había costado más organizarse. De hecho, recién en agosto de 1971 habían logrado matar a su primer soldado británico. Por eso no llamó la atención que los militantes por los derechos civiles llamaran a una marcha protestando las “internaciones” para el 30 de enero de 1972. Las concentraciones estaban prohibidas, pero el jefe de policía Frank Lagan aconsejó autorizar el acto. Por razones que nunca se revelaron, le comunicaron que el general Robert Ford, supremo comandante militar británico, ordenaba que el ejército frenara la marcha. La decisión había sido tomada al más alto nivel político.

Ese domingo, varios cientos de jóvenes se reunieron en el barrio católico del Bogside para escuchar a los oradores en la “Esquina Libre” de Derry, en el corazón de la zona nacionalista. Todo iba en paz hasta que poco antes de las cuatro de la tarde llegaron diez autos blindados, los notorios “sarracenos”, con paracaidistas. Las tropas bajaron de sus coches, se desplegaron en orden cerrado e inmediatamente balearon a un señor que pasaba por ahí casualmente, John Johnson, que moriría meses después de sus graves heridas. Uno de los sarracenos atropelló a otro hombre y sus conductores se bajaron de un salto, le pusieron los pies encima y lo fusilaron a quemarropa, tirado en el piso.

Esto fue como una señal: las tropas empezaron a disparar con sus armas automáticas para todos lados, desatando un pánico general y ametrallando las casas. La gente comenzó a correr, pero otro regimiento –con el peculiar nombre de Royal Anglicans– había tomado posición atrás y también abrió fuego. Hubo muertos por los francotiradores, hubo muertos por las ráfagas tiradas al voleo y hubo fusilados de rodillas, con las manos en la nuca y frente a testigos. El milagro fue que hubiera sólo trece muertos (catorce, con el pobre Johnson unos meses después).

La masacre rompió toda posibilidad de que el conflicto del Ulster pudiera ser mediado por Londres, que pasó a ser un actor desorientado, descontrolado y torpe por los siguientes 25 años. Después del Domingo Sangriento, el ejército británico se encontró como en un Vietnam interminable y de entrecasa, atacado por los provisonales y despreciado por “blando” por los protestantes. Lo que era un problema político terminó en una mezcla de guerra de liberación imposible de ganar, conflicto étnico y simple batalla territorial entre bandas. Irlanda del Norte pasó a ser sinónimo de bombas, huelgas de hambre, asesinatos horrendos, crueldades y arbitrariedades, famosa por invenciones como el auto-bomba, que debutó en las calles de Belfast en la década del setenta.

Para 1997, a veinticinco años de la inexplicable masacre, el proceso de paz estaba ganando fuerza y el gobierno de Tony Blair, todavía en ablande, admitía en una nueva investigación que si bien era cierto que algunos manifestantes estaban armados, el ejército había abierto fuego sin provocación. A fines de este 2007, una comisión llena de lores publicará las conclusiones de cientos de testimonios, y la promesa es que por fin se nombre a los responsables.

Paisley ya es un dinosaurio y su dureza es casi cómica, la República de Irlanda prosperó de modo increíble, la Unión Europea es una realidad que dejaba tribalizados a todos los bandos. Y sobre todo, ya nadie aguanta una vida así, de guerra interminable. La nueva disidencia fue pensar en la paz.

Y ahora Stormont no es más la etiqueta del gobierno opresor sino la sede de un gobierno compartido problemático, siempre en crisis y atado con alfileres, pero que está llamando a elecciones. En Irlanda del Norte, en resumen, se volvió a hacer política.

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18 diciembre 2006

un chiste (Página 12)

15 diciembre 2006

La ética del arzobispo

por Pablo Azócar (publicado en El Mostrador)

Si algo saben y supieron siempre mejor que nadie los prelados de la alta jerarquía de la Iglesia Católica, es que las formas significan mucho y que en política a los gestos y acciones se les suele conferir la carga de símbolos. Cabe pensar, por lo tanto, que cuando el jefe de la Iglesia Católica chilena llegó la semana pasada hasta el Hospital Militar para visitar a Pinochet, sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Sabía que su visita, en momentos en que no existía ningún imperativo diplomático para hacerla, iba a ser percibida por muchos de sus fieles como un escarnio, una suerte de aval moral sobre la figura de Pinochet.

Cuando el ex dictador murió, Errázuriz tampoco tenía ninguna obligación diplomática de dirigir él, personalmente, el responso fúnebre en la Escuela Militar. Pero lo hizo. Y a una ceremonia que iba a tener carácter de funeral oficial sólo para el Ejército, por la calidad de ex comandante en jefe de Pinochet, Francisco Javier Errázuriz le dio el respaldo institucional de la principal iglesia del país. Sólo con su comparecencia, el arzobispo hizo que la Iglesia Católica despidiera como jefe de Estado a un individuo procesado en decenas de casos judiciales por brutales violaciones a los derechos humanos, un católico que ni una sola vez en su vida pidió perdón por lo que hizo, un ex gobernante tan corrupto como no lo hubo nunca antes ni después en la historia de Chile, un reo escurridizo dedicado en los últimos años a eludir la cárcel con triquiñuelas humillantes como la demencia.

El purpurado, sin embargo, no llegó sólo hasta allí. Porque en su homilía, con toda la prosopopeya y solemnidad que conlleva un responso fúnebre, no mencionó ni una sola vez la palabra derechos humanos e hizo afirmaciones sencillamente asombrosas. “En esta hora le agradecemos a Dios todas las cualidades que le dio (a Pinochet) y todo el bien que le hizo a nuestra Patria”, dijo. “Pedimos que el Señor valore todo lo bueno que hizo (…). Sabemos que mientras más alta es la autoridad, más brillan sus cualidades y sus errores. Le pedimos al Señor que tome en cuenta todo el bien que hizo”.

¿Todo el bien que hizo? ¿Sería capaz, monseñor, de enumerar punto por punto cuál fue el bien que hizo? Uno puede suponer –si escucha los planteamientos de la propia iglesia- que no está aludiendo al famoso modelo económico (mencionado hasta el hartazgo, como último y único recurso, por quienes defienden su “obra”). ¿Y entonces? El arzobispo no es inocente, conoce el peso de las palabras, y sabe que al hablar de “cualidades y errores” lo que está planteando es un empate, el mismo truco éticamente impresentable de los que hablan de “caídos de lado y lado”.

Cuando en 1998 Errázuriz movió cielo, mar y tierra en los pasillos vaticanos para que Pinochet fuera liberado en Londres, cuando llegó a declarar con la barbilla temblando que había que traerlo a Chile “independientemente de si hay más o menos justicia”, debió apelar al último recurso, extraer de la manga el comodín final: recordó a los millones de chilenos a quienes la iglesia salvó y defendió durante la propia dictadura. Lo que no dijo el arzobispo, en aquel recordatorio, es que ese trabajo heroico lo hicieron otros pastores, los mismos a los cuales la propia jerarquía vaticana se ha encargado de ir borrando literalmente del mapa. El trabajo colosal que realizó la iglesia en esos años de plomo tuvo centenares de actores, simbolizados en uno principal: Raúl Silva Henríquez. Eso sí: en esa larga lista de mujeres y hombres extraordinarios no figuran ni monseñor Medina ni monseñor Sodano ni monseñor Errázuriz. No es decente ni es cristiano que vengan, ahora, a pasar la cuenta.

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11 diciembre 2006

"Tengo memoria, creo en la verdad y aspiro a la justicia" (me gustó esa frase de la Presi)

Augusto Pinochet, asesino
Por José Pablo Feinmann (Página 12)

Y se murió de viejito nomás. En una cama, del corazón (un corazón al que sólo acudió para morir tranquilo), rodeado de fascistas y dolorosamente impune. Cuesta encontrar las palabras para expresar la monstruosidad de este hombre. Cuesta expresar la tragedia que implicó en nuestras vidas. Inauguró el golpe sangriento, con torturas sin límite, con desaparecidos. Todo golpe cruento, asesino, tomó su nombre: pinochetazo. Aquí, a mediados del ’75, todos lo decían: “Lo que se viene es el pinochetazo”. Debimos saberlo desde el ’73. Debimos saber que el adversario no sólo era poderoso, sino que era criminal. Debimos haber puesto cautela en nuestra mano; no frenarla, no pararla, pero reflexionar que lo de Chile nos dejaba muy solos, era muy desmedido y reclamaba eso: cautela. Pero estábamos embalados. En septiembre de 1973 la Facultad de Filosofía y Letras dictaba muchas de sus materias en la calle Córdoba. Un lindo lugar con una capilla en el medio. Ivannisevich se sacó una foto pegándole con un pico a una pared, destruyendo el edificio. Prolijos, dejaron la capilla. Todavía está. Un pibe de la JUP me dijo del golpe y se me ofreció para levantar mi clase. Yo, uno se creía, aún, inmortal, le dije que la levantaba yo y llevaba a mis alumnos a la marcha. Salimos de las aulas en busca de las marchas. Sentíamos más la presencia de la JP en las calles, vivando a Allende, que la relación profunda, íntima, que la tragedia de Chile tenía con nosotros. En esa época las fronteras parecían más lejanas. Si algo pasaba en Chile, no tenía por qué pasar aquí.

En seguida llegó la foto del carnicero. Es la perfecta caricatura del general golpista sudamericano. La jeta erguida, bigote, anteojos negros. Después, la noticia de la muerte de Allende. Decían: se suicidó. Un periodista le pregunta a Ricardo Balbín qué haría él en una situación así. El compadrito de comité se mandó una histórica: “¡Ah, no! A mí no me hacen eso”. No recuerdo qué dijo Perón. Nada memorable, sin duda. Poco tiempo después cruzaba la cordillera y se entrevistaba con el carnicero. ¡Qué vivos están estos recuerdos! Los dos bien trajeados de milicos. Con capas y todo. Le gustaban las capas a Pinochet. Al día siguiente o a los dos días empezaron a llegar los exiliados, los que apenas habían salvado el pellejo o los que habían sido escupidos del Estado Nacional. Estaban desechos. En Ezeiza, el gobierno argentino les tomó huellas digitales hasta de los dedos del pie. Les tomaron todos los datos, los ficharon bien fichados, les hicieron saber que si algo raro hacían duraban media hora sin ser arrestados. El Descamisado publicó las fotos y tituló: “Esta vergüenza se hace en nombre del peronismo”. Claro que sí: eso hizo el peronismo. Lo habría hecho cualquier gobierno argentino. Pero el peronismo de esos días era pinochetista. Cosa que, en algún oscuro rincón de su alma, siempre puede volver a ser si es necesario.

López Rega habrá brindado con champán. El carnicero de Chile estaba enseñando cómo se arreglan las cosas con el marxismo internacional, con la sinarquía apátrida. Nosotros empezamos a enterarnos de las peores cosas. Las versiones que llegaban sobre las torturas y las violaciones del Estado Nacional estremecían. ¿Era posible tanta crueldad? Se sabía que estaba lleno de tipos de la CIA el Estadio. Que los de la CIA eran especialmente activos en torturar y hasta enseñaban a los empeñosos chilenos cómo hacerlo. Las mujeres que maltrataron a Allende con los cacerolazos salieron a festejar. Otros agarraban lo que tenían a mano y huían. “Yo –me contó años después un escritor– llegué a Perú, me metí en una pensión, abrí mi valija y puse en un estante los libros que me había llevado. Ahí estaba mi nueva biblioteca: un libro de Cortázar, otro de Lezama Lima y uno de Tolstoi. Era todo lo que tenía.”

Un día lo fue a ver Borges. El carnicero estaba orgulloso: el gran escritor había cruzado la cordillera y estaba feliz de verlo. Le puso una condecoración bien llamativa. El gran escritor –el que decía un mar de concheterías bobas cada vez que “comía”, porque un concheto no “almuerza” ni “cena”, “come”, en lo de Bioy Casares– le dijo al carnicero: “Me honra esta condecoración porque Chile tiene la forma de una espada”. También la Thatcher lo recibió y le habló con un inglés lento y vocalizado como para que el carnicero entendiera: “Le agradezco su ayuda en la guerra de las Falklands. Sin sus informaciones nuestros pilotos no podrían haber hecho los blancos que hicieron”. El carnicero sonrió, satisfecho, goloso.

Cierta vez estaba en una clínica en Londres. Golpean a su habitación. Entra una mujer joven y resuelta, treinta años, por ahí. El carnicero, siempre seductor, sonríe y dice: “Pasa, niña. Dime, ¿a qué vienes?” “A arrestarlo, general. Por violaciones a los derechos humanos.” Se enfurece y llama a sus matones: “¡Saquen de aquí a esta comunista!” Días después regresa a su país. Llega en silla de ruedas. No bien baja del avión se pone de pie y saluda a los suyos. ¡Pícaro el carnicero! Otra vez había engañado a todos.

No sirve para nada que se muera. Que estos tipos se mueran cuando ya mataron a todos los que querían matar es un pobre consuelo. Ni un cáncer vale desearle. Nadie va a revivir por eso. Nadie va a sufrir menos de lo que sufrió. Deja, para colmo, problemas. Los militares de su país (al que le aseguró la economía y todos sabemos cuánto aprecian esto los pueblos) lo honrarán desde las armas. Michelle Bachelet no lo honrará desde el Estado. Pero habrá que organizar actos en toda América latina. El New York Times ha anunciado su muerte como la de un cruzado contra el marxismo. Puño de hierro, dictador, pero un hombre que no dudó. Fue la suma de las peores cosas que un ser humano puede ofrecer: lo de asesino lo sabemos, pero fue, además, ladrón, mentiroso, cínico, se rió de sus adversarios y de sus muertos. Descansará en paz porque morirse es eso. Pero que no tenga paz su memoria. Que nadie olvide sus crímenes. La era de horror que inauguró. Que en las escuelas argentinas se sepa que Pinochet es parte de nuestra historia, porque prefiguró nuestra pesadilla, porque inspiró a nuestros verdugos. Que gane la verdad por sobre la mentira con que sus adeptos buscan protegerlo. Que su nombre infunda pavor y que ese pavor se transforme en coraje: nunca más un Pinochet. Que haya un busto suyo con una placa en todos los países del mundo. Que esa placa diga: “Augusto Pinochet, asesino”. Porque olvidarlo sería como olvidar Auschwitz, el Estadio Nacional, la ESMA.

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09 diciembre 2006

Según Michael Moore: "Rajar, lo único valiente que nos queda" (de Irak, por supuesto)

El lunes 27 de noviembre la guerra de Irak pasó a ser un día más larga que la Segunda Guerra Mundial. Así es: pudimos derrotar a los nazis, a Mussolini y al imperio japonés en menos tiempo de lo que le está tomando a la única superpotencia que queda en el mundo asegurar la autopista que va del aeropuerto al centro de Bagdad. Y no es que la aseguramos, ya que después de 1347 días, el mismo tiempo que nos tomó conquistar el norte de Africa, desembarcar en Italia, cruzar el Pacífico y atacar Francia, no pudimos lograr que una simple autopista no explote a cada rato con minas caseras hechas con latas de conservas. Así nadie se puede asombrar de que los taxis cobren miles de dólares para ir del aeropuerto al centro. Y eso que el precio no incluye ni un mísero casco.

Este fracaso absoluto, ¿es culpa de nuestras tropas? Para nada. Lo que pasa es que no hay tanques o helicópteros o democracias salidas de la punta de las bayonetas que puedan “ganar” en Irak. Es una guerra perdida, perdida porque nunca tuvo ningún derecho a ser ganada, perdida porque la empezaron hombres que nunca fueron a la guerra, hombres que se esconden detrás de los que sí pelean y mueren.

Escuchemos lo que dice el pueblo iraquí según una encuesta reciente realizada por la Universidad de Maryland:

- El 71 por ciento quiere que Estados Unidos salga de Irak.

- El 61 por ciento apoya los ataques de los insurgentes a las tropas norteamericanas.

Sí, la gran mayoría de los iraquíes piensa que nuestros soldados deberían ser mutilados y muertos. Entonces, ¿qué carajo seguimos haciendo allí? Me parece que hay varios mensajes que no entendimos.

Hay varias maneras en que un país puede ser liberado. Generalmente, su propia población se alza y se libera a sí misma, como hicimos nosotros. También hay movimientos de masas no violentos, de desobediencia civil, como en la India. O boicots internacionales tan largos y efectivos que el régimen se rinde, como en Sudáfrica. O uno puede, simplemente, esperar hasta que las legiones del rey se cansen de congelarse y se vayan, como pasó en Canadá. Lo que uno no hace es invadir un país y decirle a su pueblo “llegamos a liberarlos”, cuando ellos no movieron un dedo para liberarse a sí mismos. ¿Dónde estaban los suicidas cuando Saddam los oprimía? Yo creo que el viejo Saddam era un tirano cruel, pero parece que no lo suficiente para que miles arriesguen su cuello contra él. “No, Mike, ellos no podían hacerlo... Saddam los hubiese matado...” ¿En serio? Y ustedes creen que nuestro rey George W. no mata a los insurgentes? ¿Ustedes creen que nuestros próceres no tenían miedo? Claro que sí, pero no pararon. Que un país no esté dispuesto a jugarse la vida para liberarse de un tirano es la primera indirecta que hay que atender, porque te dicen que no van a ayudar cuando uno quiera liberarlos.

Un país puede ayudar a otro cuando éste se está liberando de un tirano, como los franceses nos ayudaron a nosotros, pero en cuanto la ayuda termina hay que irse de inmediato. Los franceses no se quedaron en 1784 y no nos dijeron cómo formar un gobierno. No dijeron: “Nos quedamos porque queremos sus recursos naturales”. Se fueron y nos dejaron solos y nos llevó seis años poder llamar a elecciones. Y años después tuvimos una guerra civil sangrienta. Esas cosas pasan y los franceses no dijeron: “Mejor nos quedamos en EE.UU., para que no se maten por la esclavitud”. La única manera en que una guerra de liberación funciona es si los libertadores tienen al pueblo detrás y a un grupo de Washingtons, Mandelas, Gandhis y Franklins al frente. ¿Dónde están esos genios en Irak? Todo esto es una joda, fue una joda desde el principio y la joda es con nosotros, pero con 655.000 iraquíes muertos (según la Universidad Johns Hopkins), supongo que la joda también los afecta a ellos. Por lo menos los 655.000 sí fueron liberados. Para siempre.

Por eso no quiero ni oír hablar de mandar más tropas, ni de “redistribuirlas”, ni de esperar cuatro meses para empezar a retirarse. Hay una sola solución: irse. Ahora. Esta noche. Salir lo más rápido posible. Mucha gente de buen corazón no quiere creerlo, nos mata aceptar la derrota, pero no hay modo de deshacer el daño ya hecho. Si uno maneja de noche y borracho y atropella un chico, no hay manera de volverlo a la vida. Si uno invade y destruye un país, y empieza una guerra civil, no hay mucho más que hacer hasta que baje el polvo. Tal vez entonces uno puede purgar la atrocidad que cometió y ayudar a los sobrevivientes.

Los rusos se fueron de Afganistán en nueve meses y apenas sufrieron bajas. Se dieron cuenta del error que habían cometido y se retiraron. Hubo una guerra civil. Ganaron los malos. Tiempo después aparecimos nosotros y derrocamos a los malos. Todo el mundo contento. Fíjense, al final todo se arregla.

La responsabilidad de terminar esta guerra es ahora de los demócratas. El Congreso controla el presupuesto y la Constitución dice que sólo el Congreso puede declarar la guerra. Los demócratas tienen las riendas en las dos cámaras y no terminar con esta locura puede provocar la ira del votante. No es chiste, señores demócratas y, si lo dudan, sigan unos meses en guerra. Así dejará de ser la guerra de Bush y pasará a ser la guerra de Bush y los demócratas.

Esto es lo que esperamos:

1. Sacar a las tropas ya. No en seis meses. Ahora. No busquen más cómo ganar. No podemos ganar. Perdimos. Cosas que pasan.

2. Pidan disculpas a los soldados y compénsenlos. Pidan disculpas por hacerlos pelear una guerra que no tiene nada que ver con nuestra seguridad nacional. Hagámoslos sufrir lo menos posible. Los mutilados física y mentalmente tienen que ser atendidos y compensados financieramente. Las familias de los muertos se merecen la mayor de las disculpas y atenciones de por vida.

3. Debemos purgar la atrocidad que cometimos contra el pueblo de Irak. Hay pocos pecados peores que hacer la guerra por una mentira, invadir otro país porque uno quiere algo enterrado allí. Muchos más pueden seguir muriendo. Su sangre está en nuestras manos, más allá de a quién hayamos votado. Cuando termine la guerra civil, tenemos que ayudar a reconstruir Irak. No hay redención hasta que purguemos lo hecho.

Los americanos somos mejor que todo esto que se hizo en nuestro nombre. La mayoría nos enojamos tanto después de los atentados que nos confundimos. Nadie pensó, nadie miró un mapa. Y gracias a nuestro patético sistema escolar y a nuestros perezosos medios de comunicación, nadie sabe historia. No sabíamos que éramos nosotros los que financiamos a Saddam hasta cuando masacraba a los kurdos. No sabíamos qué era un sunnita y qué un chiíta. El ochenta por ciento de los jóvenes, según la National Geographic, no podía encontrar a Irak en un mapa. Nuestros dirigentes usaron nuestra estupidez, nos manipularon con mentiras, nos asustaron a muerte.

Pero en el fondo somos buena gente. Aprendemos despacio pero cuando nos dijeron “misión cumplida” sospechamos y empezamos a preguntar. Después nos fuimos desesperando y en noviembre nos enojamos y votamos para enmendar el error. Ahora la mayoría sabe la verdad, se siente triste y culpable y quiere de alguna manera enmendar las cosas. Por desgracia, no podemos. Entonces tendremos que aceptar las consecuencias de nuestros actos y estar ahí si el pueblo iraquí alguna vez se atreve a pedirnos ayuda. Les pedimos perdón. Y les exigimos a los demócratas que escuchen y nos saquen de Irak ahora mismo.

* De michaelmoore.com

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Documental: La confesión del cura que abusó sexualmente de cientos de niños

El documental estadounidense Líbranos del mal, que ya aspira al Oscar, muestra el primer testimonio de un sacerdote católico condenado por pederastia. También, el relato de sus víctimas.

Por Javier del Pino, Desde Washington
De El País, de Madrid. Especial para Página/12.

El cura Oliver O’Grady era tan cortés en sus modales y tan tierno con los niños que los feligreses de su parroquia se disputaban su afecto. Lo invitaban a cenar y a dormir en sus casas, convencidos de que tener un sacerdote en casa era una bendición divina. Por la noche, cuando todos dormían, O’Grady entraba en las habitaciones de los niños. Violó y sodomizó a cientos de ellos, niños y niñas, incluido un bebé de nueve meses. Su espiral de pederastia y los esfuerzos de la Iglesia Católica de Estados Unidos por protegerlo a él y a otros como él están recogidos con testimonios turbadores en Líbranos del mal, un documental que aspira a llevarse el Oscar dentro de tres meses.

Deliver us from evil (Líbranos del mal) es la primera película dirigida por Amy Berg, una productora de televisión que escogió un género documental nada parecido al de Michael Moore. Ella se sitúa detrás de la cámara y permite que la narración sea compuesta a través de los testimonios y las historias que relatan los entrevistados. El efecto es devastador por una razón fundamental: el documental contiene el primer relato ante las cámaras de un sacerdote pederasta dispuesto a contar lo que hizo, cómo lo hizo y por qué lo hizo.

Paradójicamente, la película compone una imagen de Oliver O’Grady situada más en la categoría de enfermo que de delincuente, pero deja a la jerarquía de la Iglesia Católica en Estados Unidos en una posición tenebrosa, metida en una sórdida maquinaria de autoprotección diseñada para ocultar los casos de abusos y entorpecer la acción de la justicia.

La película contiene otro documento inédito: la grabación de las declaraciones judiciales no sólo de O’Grady, sino también de sus superiores eclesiásticos. La comparecencia de Roger Mahony, que como obispo de Stockton (California) trasladaba a O’Grady de parroquia cada vez que surgían denuncias de abusos a niños, demuestra una capacidad sorprendente para ocultar u olvidar los pecados propios. Que Mahony fuera después ascendido a arzobispo y más tarde a lo que es hoy, cardenal de Los Angeles, permite que alguien en el documental se atreva a acusar a la Iglesia Católica de comportarse “como la mafia”, tal y como dice el ex gobernador de Oklahoma Frank Keating, que investigó sin éxito la indiferencia de la jerarquía eclesiástica ante las acusaciones de pederastia.

O’Grady acabó destituido como sacerdote, encarcelado por delitos de violación y deportado a su Irlanda natal cuando cumplió la mitad de los 14 años a los que fue condenado. Ahora recibe una pensión gracias al fondo que le contrataron sus superiores en la Iglesia; el documental sugiere que esta pensión es el agradecimiento por no haber declarado contra Mahony y haberle permitido así llegar a cardenal. En la película, O’Grady habla del “apoyo” que le brindó siempre Mahony y la satisfacción de éste al creer “que habían arreglado discretamente otro problema”.

En Líbranos del mal, O’Grady pasea por las calles de Dublín y se para a mirar a niños que juegan en parques y patios de colegios. Parece extrañamente ajeno a la repugnancia que generan los delitos que cometió y habla de sus actividades como depredado sexual como si fueran una simple afición. “Yo sólo quería abrazar a los niños porque los quería”, dice mirando a la cámara. Habla después de cómo “abrazar” y “mostrar afecto” se convirtió en “tocar”. Durante 20 años, desde 1973 hasta su ingreso en prisión en 1993, O’Grady abusó sexualmente de cientos de niños y niñas. En ese período, el sacerdote fue trasladado de parroquia en varias ocasiones; a quienes alertaron sobre su comportamiento se les garantizó que el padre O’Grady no tendría contacto con niños en su siguiente destino.

Algunos de esos niños, ahora con 30 o 40 años cumplidos, intercalan su recuerdo en el relato del sacerdote. Cuentan sus esfuerzos por olvidar y su miedo a hablar. El aspecto entrañable del ex sacerdote refuerza intensamente el contraste entre el tono de su testimonio y el de sus víctimas, que usan un lenguaje crudo para describir penetraciones anales y vaginales y evitar así que la expresión “abusos sexuales” quede en perífrasis.

Uno de los testimonios más impactantes es, sin embargo, no el de una víctima sino el de su padre, que se maldice por haber abierto la puerta de su casa a un delincuente. Llora ante la cámara “por haberle entregado a mi hija Ann en bandeja”; O’Grady abusó de la niña desde los 5 a los 12 años. Su padre dice haber renunciado a su fe religiosa y haber ganado un sentimiento de culpa con el que vivirá el resto de su vida.

Estadísticas recientes elevan a 100.000 el número de víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes católicos sólo en Estados Unidos. La directora, Amy Berg, cierra la película con otro dato probado: 8 de cada 10 personas que han sufrido esos abusos nunca lo reconocerán ni lo denunciarán.

La semana pasada, Mahony cerró un acuerdo extrajudicial con 45 víctimas de abusos a las que su diócesis, la más grande y acaudalada del país, pagará en total 60 millones de dólares. Cientos de demandas similares siguen su curso. La directora del documental se esfuerza en demostrar que la maquinación para ocultar y hacer callar estas denuncias no se reduce a la confabulación de algunos párrocos rurales, sino que asciende a lo más alto del escalafón católico: fue el cardenal Ratzinger, antes de convertirse en Papa, el que modificó la doctrina canónica para entorpecer cualquier investigación sobre sacerdotes acusados de abusos. Y fue el cardenal Ratzinger, después de convertirse en Papa, el que pidió al presidente de Estados Unidos inmunidad legal frente a una demanda en Texas que lo acusa de conspirar para ocultar delitos de abusos a menores. Es significativo que formulase esa petición de inmunidad ante el Departamento de Estado, porque como jefe de Estado su inmunidad es automática; claramente, los abogados del Papa querían estar seguros.

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21 octubre 2006

Del ejercicio de la profesión (o lo mejor del periodismo se verifica en épocas extraordinarias)

Pulicado en Página 12 (21/10/2006).

"Mal día para leer el “Post”"

Por Santiago O´Donnell

Escribo estas líneas con bronca, dolor y vergüenza. Tuve la suerte de pertenecer a la redacción del Washington Post, el más progresista de los grandes diarios norteamericanos. Allí trabajé con las plumas que destaparon el Watergate, allí me formé como periodista. Ese mismo diario, tantas veces ejemplo del periodismo más profesional, ayer publicó una incalificable apología del terrorismo de Estado en la Argentina. Incluye referencias a desaparecidos que estarían en Europa y reflota la teoría de los “excesos” supuestamente cometidos en medio de una “guerra sucia”. Dice que “el Gobierno y sus tribunales” están poblados de ex guerrilleros y que ésta sería la causa por la que se reabrieron los juicios de derechos humanos, que no buscan justicia sino venganza. Sugiere que el juez de la causa Etchecolatz es casi un terrorista encubierto y que el pensamiento retrógrado del coronel retirado Nani representa a buena parte de los argentinos. Recomienda “no avivar las brasas” del pasado.

Solamente un facho incorregible o un enviado de Washington que nunca salió de Barrio Norte puede escribir semejante barbaridad. Este último parece ser el caso de Monte Reel, autor de la nota, a quien no conozco, pero leo en la página web que pasó mucho tiempo con soldados norteamericanos cubriendo la guerra de Irak.

Sí conozco a Elsa, que durante décadas manejó la oficina del Post en la Argentina y que en los años de plomo arriesgó su vida para sacar del país casetes en los que el entonces director del Buenos Aires Herald, Robert Cox, denunciaba los crímenes de la dictadura. Y conozco a Donald Graham, el dueño del Post, un multimillonario que tras recibirse en Harvard se pasó dos años trabajando como policía raso en Washington porque sentía que debía servir a su país, pero la guerra de Vietnam ya había terminado.

Quiero creer que solamente el clima bélico imperante en Washington y la necesidad de mantener viva la “guerra contra el terrorismo” en cada rincón del planeta hicieron posible que los editores no advirtieran el buzón que Nani le vendió a su joven periodista, quien no parece haber advertido que la Argentina no empieza en Parera y Quintana ni termina en Puerto Madero. Pero no puedo justificarlo.

Pienso en los predecesores del actual corresponsal del Washington Post. Pienso en las lágrimas de Tony Faiola y sus crónicas de la hambruna en Tucumán, que promovieron una campaña solidaria y la llegada de varios containers con alimentos desde Estados Unidos, y que le costaron un enfrentamiento público con el entonces director de la Aduana, Antonio Das Neves, porque la ayuda no llegaba al hospital tucumano que tanto la necesitaba. Pienso en la conmovedora crónica que Eugene Robinson escribió desde Catamarca sobre el caso María Soledad. O el seguimiento que hasta el día de hoy Jackson Diehl viene haciendo de la Noche de los Lápices, historia que conoció en Buenos Aires y que nunca pudo olvidar. Pienso en Karen de Young, que nunca olvidó lo que vivió acá durante la dictadura, y que volvió 20 años después para denunciar a los laboratorios norteamericanos que usaron a pacientes argentinos como conejillos de Indias. Pienso en Ed Cody, que también dejó su huella aquí y que se pasó la última guerra del Líbano esquivando bombas arriba de un jeep con Robert Fisk, quien no dudó en elogiar su valentía, conocimientos y manejo del árabe en estas mismas páginas. Pienso en Paul Blustein, que dedicó un año de su vida en demostrar empíricamente la enorme responsabilidad de Wall Street en la crisis del corralito. Pienso en Jim Rowe, que usó sus vacaciones y pagó los pasajes de su bolsillo para inspirar a jóvenes periodistas en Buenos Aires, Misiones o Mendoza.

Y me da bronca, vergüenza y dolor.

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