"Nunca digas que fue un sueño. No aceptes tan vanas esperanzas"

Blog construido específicamente para el curso Estrategias II del Magíster en Comunicación Política, U. de Chile. Luego... desaparecerá (el título es un verso de Kavafis)

25 abril 2007

La Paradoja de Allais (Página 12)

Por Adrián Paenza

El comportamiento humano (afortunadamente) es impredecible. Puesto frente a situaciones que parecen muy similares, nuestras decisiones (la suya, la mía) pueden ser totalmente diferentes de lo que uno esperaría. Más aún: creo que si se nos preguntara el porqué de tales variaciones, tendríamos muchas dificultades en explicar nuestra conducta.

El próximo ejemplo (de acuerdo con la presentación que hicieron Kahneman y Tversky en 1979) es conocido con el nombre de La Paradoja de Allais *.

La paradoja exhibe modelos de conductas de los humanos. Por supuesto, se trató de encuestas reiteradas que exhibieron la voluntad de grupos de personas, pero al ser repetidas en otros ámbitos y confirmar estas preferencias, créame que sorprende lo que elegimos. Claro, con tanto prolegómeno y anticipación que estoy generando, estoy seguro de que cuando usted tenga que optar, ya va a estar incidido por mi opinión o por lo que escribí hasta aquí. No importa. Aquí va.

Supongamos que usted está a punto de jugar a “la ruleta”, pero en lugar de haber 37 números (estoy incluyendo al cero), hay cien números, del uno al cien. Los premios que usted puede ganar están indicados en las siguientes dos opciones:

Opción A

Si sale cualquier número entre 1 y 33, usted cobrará 2500 pesos.

Si sale el número 34, usted no cobra nada.

Si sale cualquier número del 35 hasta el 100, usted cobra 2400 pesos.

Opción B

Si sale cualquier número entre 1 y 33, usted cobra 2400 pesos.

Si sale el número 34, usted cobra 2400 pesos.

Si sale cualquier número del 35 hasta el 100, usted cobra 2400 pesos.

Antes de leer lo que hacen (en porcentaje) otros semejantes, usted, ¿qué haría?: ¿optaría por A o por B? ¿Cómo cree que eligen los otros, sus pares?

De todas formas, me permito agregar algo que uno advierte inmediatamente en cuanto estudia un poco las opciones: ¿en qué se diferencia una opción de otra? Si sale un número entre el 1 y 33, la opción A ofrece 100 pesos más que la B. Ambas son iguales del 35 en adelante. Y la diferencia esencial es que si sale el 34, la opción A no le paga nada, mientras que la B, le paga siempre 2400 pesos.

Usted, ¿cuál elegiría o cuál eligió?

La respuesta está más abajo

Ahora, voy a modificar ligeramente las opciones.

Opción C

Si sale cualquier número entre 1 y 33, usted cobrará 2500 pesos.

Si sale el número 34, usted no cobra nada.

Si sale cualquier número del 35 hasta el 100, usted no cobra nada.

Opción D

Si sale cualquier número entre 1 y 33, usted cobra 2400 pesos.

Si sale el número 34, usted cobra 2400 pesos.

Si sale cualquier número del 35 hasta el 100, usted no cobra nada.

Ahora, revise las opciones posibles (C y D) y elija con cuál se quedaría. Luego, lo invito a que confronte lo que hicieron (o harían) –en porcentaje– otras personas.

Con todo, una vez más me permito reflexionar sobre las diferencias entre ambas. Si sale cualquier número del 35 en adelante, son iguales, porque ninguna de las dos paga nada. La opción C paga 100 pesos más si sale entre el 1 y el 33, mientras que si sale el 34, la opción D paga 2400, mientras que la C no paga nada.

¿Cuál elegiría usted? O, igual que antes, ¿qué eligió?

Al revisar las preferencias de nuestros semejantes, uno advierte que entre A y B, la mayoría abrumadora se inclinó por B. La gente prefiere sacrificar los 100 pesos de más que podría cobrar si salen los primeros 33 números, para no arriesgar a no cobrar nada si sale el 34. Digo esto porque del 35 en adelante las opciones son iguales.

Pero lo llamativo es que si uno modifica las opciones de tal forma que si salen del 35 en adelante en cualquiera de los dos casos, nadie cobra nada, la gente cambia increíblemente hacia el otro lado, y opta por la alternativa C en lugar de la D. Pareciera como que la posibilidad de perder todo si sale el 34, que tan importante pareció ser en el primer caso, pierde relevancia frente a los 100 pesos de más que cobra si sale cualquiera de los treinta y tres primeros números.

Lo interesante de esta variación en lo que elige la sociedad es que esencialmente la diferencia que hay entre las opciones A y B, con respecto a la diferencia que hay entre las opciones C y D, es esencialmente la misma. Y lo invito a pensar en esto. Tanto A como B ofrecen el mismo premio si salen números del 35 en adelante. Y de la misma forma, tanto C como D ofrecen el mismo premio si salen números del 35 en adelante. Claro, en el primer caso, ofrecían un premio de 2400 pesos, en tanto que en los casos C y D, no ofrecen nada.

En realidad, si uno quisiera hilar más fino, lo notable es que en los dos últimos casos uno podría suponer que la ruleta pasó a tener solamente 34 números. Si salen del 1 al 33, la opción C ofrece 100 pesos más que la D, y esta última es la que paga los 2400 pesos si sale el 34, mientras que la C no paga nada.

El cambio abrupto y tan marcado que se produce en la elección de la gente (del 17% al 82%) por el simple hecho de que ahora ninguna de las dos opciones paga nada si sale del 35 en adelante, llama la atención, y de ahí el nombre de Paradoja de Allais.

Mientras tanto, usted, ¿qué había elegido? ¿En qué categoría entró?

* Maurice Allais (1911- ) es economista y también doctor en Ingeniería, especializado en Física. Nació en París y hasta hoy es el único Premio Nobel en Economía (1988) nacido en Francia. El trabajo que se presenta aquí en forma sucinta y abreviada dio origen a lo que hoy se llama La Paradoja de Allais. Hay múltiples variantes y/o versiones de ella. Yo elegí una que me parece que resume lo que Allais quería mostrar: cómo ligeras variaciones en la oferta generan modificaciones muy bruscas en las conductas humanas.

23 abril 2007

Las elecciones en Francia vista por el ojo de un trotskista (Página 13)

La mirada de Bensaid (por Santiago O’Donnell)

Vista desde acá por alguien que nunca estuvo en Francia, ni tiene amigos allá, como la gran mayoría de los argentinos, la elección de hoy queda un poco lejos. Las noticias desde París dicen que hay una candidata socialista que no termina de entusiasmar, un candidato de la derecha que asusta un poco pero tampoco es Le Pen, un candidato de centro que arrima pero no termina de llegar y una izquierda fragmentada y marginal, todo revuelto con mucha puesta en escena. También dicen que hay poco debate sobre cómo sacar adelante a un país que está bien, con un ingreso per cápita entre los más altos del mundo, pero que anda como medio estancado, que no termina de solucionar problemas como el racismo, la exclusión y el desempleo, y que ofrece relativamente pocas oportunidades a sus jóvenes, que demuestran su creciente insatisfacción con marchas callejeras o mudándose a las ciudades de moda como Londres o Dublín, donde es más fácil conseguir trabajo.

Además, las políticas de Estado que rigen gran parte de los intereses de ese país en la Argentina no han variado en los últimos 25 años de alternancia entre el socialista François Mitterrand y el gaullista Jacques Chirac, tanto en defensa de sus empresas y capitales como en el reclamo de justicia para los asesinos de las monjas Léonie Duquet y Alice Domon, desaparecidas durante la dictadura. Durante la campaña electoral América latina brilló por su ausencia. Por todo eso queda un poco lejos.

Pero vista a través de la mirada de un revolucionario francés como Daniel Bensaid, uno de los líderes del Mayo Francés, la contienda cobra vida y da la impresión de que hay mucho en juego en la elección de hoy, no sólo para los franceses. Bensaid, que enseña en la Universidad de Paris VIII, es uno de los más reconocidos filósofos marxistas de Europa y autor de varios libros sobre Marx, Trotsky, Walter Benjamin y la sociedad posmoderna, entre otros temas. Es, además, un intelectual orgánico del partido trotskista Liga Comunista Revolucionaria, pilar de la IV Internacional. No siguió el camino de muchos de sus colegas de la gesta del ’68, como el emblemático Daniel Cohn-Bendit, que con el paso del tiempo moderaron sus reclamos para acercarse a la socialdemocracia o a los espacios ecologistas.

Tempranísimo a la mañana, por teléfono desde París y en castellano, cuenta que en los últimos cuarenta años ha perdido muchas batallas. Pero lejos de darse por vencido, anuncia el inicio de “una nueva marcha, el comienzo de un recorrido de reconstrucción de una izquierda que sea digna de su nombre”.

–A horas de la votación, hay record de indecisos. ¿Por qué hay tantas dudas en el electorado?

–Hay dudas porque hay una fragmentación del espacio político. La lógica de las instituciones apunta a completar un sistema que sigue híbrido, un sistema presidencial tipo americano, bipartidista y presidencialista con sufragio universal. No se consiguió hasta ahora por el grado de polarización social que existe. De un lado hay una extrema derecha más o menos cristalizada en torno del 15%, por el otro lado una izquierda radical que en conjunto reúne entre el 10 y el 14% del voto. Este es un juego complicado porque al achicarse el centro la diferencia entre los principales candidatos se reduce a dos o tres puntos porcentuales, lo que da un margen de incertidumbre importante. No es que la gente está dudando, está reflexionando sobre cómo votar y muchos van a decidir a último minuto. Recién estamos descubriendo las pequeñas candidaturas. Mucha gente sólo empezó a escuchar sus propuestas en el último tiempo porque la ley garantiza igual tiempo en los medios para todos los candidatos, pero sólo en los últimos 16 días de campaña.

–¿A esas dudas no se suma cierta desilusión?

–Es que en los últimos 25 años hemos tenido 15 de gobierno de izquierda y la situación es cada vez peor. Francia sigue siendo un país rico, con un ingreso por cabeza entre los siete u ocho más altos del mundo, pero hay siete millones de trabajadores pobres, un millón de niños debajo del nivel de pobreza, tres millones y medio sin techo o con malas viviendas, muchos trabajadores asalariados a nivel mínimo o precarizados por debajo del salario mínimo. Ha habido un empobrecimiento de las clases medias que constituían la base electoral de la socialdemocracia. El descontento se nota mucho. La campaña 2002 se basó en buena parte en la inseguridad y la inmigración, temas que favorecieron a la derecha y a la extrema derecha. En la campaña actual la preocupación mayor es la cuestión social: salario, empleo, localización de fábricas y vivienda. Hubo intentos de desplazar esos temas, especialmente con la propuesta de Sarkozy de crear un Ministerio de Integración e Identidad Nacional, que es un intento de meter en el primer plano el tema del nacionalismo, pero sólo tuvo éxito en parte, porque el problema social sigue siendo la mayor preocupación de la gente.

–¿Por qué la candidata Ségolène Royal genera tantas críticas dentro de su Partido Socialista (PS) y en la izquierda en general?

–Dentro de su partido hay una mezcla de cosas, incluyendo el machismo de sus viejos dirigentes. Pero el descontento general es porque en la campaña que hizo, Royal intentó cubrir el conjunto del abanico, pegando algunos temas de la derecha, como el tema del orden familiar y represión a la juventud del sistema educativo, con algunos pocos elementos de izquierda, pasando por algunos temas importantes para todos como la ecología, y todo esto sin una propuesta concreta que marque una ruptura con la política social-liberal del anterior gobierno de izquierda. Ella está con dificultades, ya que si expresara la voluntad de llevar adelante alguna forma de reforma social, aunque sea muy tímida, chocaría con el marco de la Comunidad Europea y sus criterios sobre presupuestos, déficit públicos, o la autonomía del Banco Central. Es imposible intentar una política algo audaz de reforma sin romper los tratados europeos. Royal hizo campaña a favor de la Constitución Europea y habrá un nuevo voto a más tardar en el 2009, no se sabe si referéndum o voto parlamentario. Royal aparece más como el mal menor ante la derecha agresiva, que como una reformista, por eso pierde espacio a su izquierda. Por otra parte, una derrota de Royal podría promover una reorganización del mapa político en la dirección del surgimiento de un partido como el Demócrata norteamericano. Una alianza entre Royal y Bayrou es muy posible. Bayrou es un candidato de centroderecha que le hizo una propuesta de alianza al PS y le contestaron que la cuestión es prematura, que se planteará después de la segunda vuelta. Esta alianza completaría el proceso de “Blairización”, de la transformación del PS en algo así como la Tercera Vía o el Nuevo Laborismo de Tony Blair. Ese proceso no se ha completado todavía porque el partido socialista francés es más de izquierda, no porque tenga dirigentes más firmes, sino porque ha enfrentado una lucha social bastante fuerte en los últimos cuatro o cinco años. El vencedor entre Royal y Beyrou querrá encabezar el proceso de reorganización bipartidista que acabará con la vieja socialdemocracia. Eso explica parte de las resistencias internas frente a Ségolène. Destacados dirigentes de su partido tienen miedo de que se descaracterice demasiado el socialismo y que pierda bases populares, como ocurrió en Alemania. En la Francia de los últimos años, si hablamos del voto obrero, el primer partido sería el de la abstención. Luego viene el Frente Nacional, el voto de extrema derecha, y tercero la izquierda radical, lo cual significa que el PS ya ha perdido su base social en el mundo del trabajo.

–¿Y Sarkozy?

–Se puede decir que es un ex gaullista genéticamente modificado porque el gaullismo no tenía una ideología liberal, era más nacionalista. Sarkozy es un aventurero liberal y atlantista que hizo una visita vergonzosa a Bush. A diferencia del gaullismo clásico, si Sarkozy hubiera sido presidente, habría participado en guerra de Irak. Es el candidato del gran capital. Tiene apoyo de todos los dueños de la industria armamentista y de los medios comunicación, que muchas veces son los mismos.

–Después del triunfo en el 2005 en el referéndum que rechazó la Constitución Europea, la izquierda radical vuelve a presentarse fragmentada y con una intención de voto aún más baja que el piso histórico alcanzado en el 2002. ¿Por qué?

–El voto es muy distinto al referéndum del 2005, que era un voto sencillo por el Sí o el No a un tratado constitucional. En la elección actual no sólo se elige presidente, sino que un mes más tarde habrá elecciones parlamentarias. Se trata de votar una mayoría de gobierno para un proyecto de gobierno. La candidatura unitaria fracasó por la cuestión de las próximas alianzas. El Partido Comunista no quería aclarar si participaría o no en un gobierno socialista. No se puede hacer campaña para un candidato y que al mes sea ministro de un gobierno social liberal. Eso sería arruinar el trabajo. Pero no hay que exagerar la marginalidad del voto de izquierda. Es un voto fragmentado pero está subiendo y es muy probable que esté subestimado. No será muy diferente que en el 2002 (totalizó el 14%) a pesar de que la situación es más difícil por el temor de que la extrema derecha llegue otra vez a la segunda vuelta. Ese es el argumento del “voto útil” que usan Royal y Bayrou.

–¿Qué cambió desde el Mayo Francés para que la izquierda decaiga tanto?

–Es muy fácil de resumir: en el ‘68 teníamos una rebeldía feliz. Casi no había desempleo. Hemos pasado 25 añosa acumulando derrotas. La contrarreforma liberal ha destruido los servicios públicos y el sistema de protección de los trabajadores. Más del 50% de los franceses piensa que la nueva generación va vivir peor de lo que vivieron sus padres y más de 50% piensa que sería posible para ellos encontrarse sin techo. Le doy otro dato: con el derrumbe de la Unión Soviética y la evolución de China, un tercio de la fuerza laboral mundial entrará al mercado de trabajo casi sin garantías. Esto va a ejercer una presión muy fuerte sobre las conquistas sociales del pasado. Estamos al inicio de una larga marcha, un recorrido de reconstrucción de una izquierda digna de su nombre. Es una carrera contra el tiempo porque la destrucción social, la destrucción ecológica y las guerras hacen que la barbarie camine de prisa, mientras que la reconstrucción camina lento.

19 abril 2007

"Pum Pum Pum", de Rodrigo Fresán (Página 12, cómo no)

La tan súbita como dolorosa desaparición en este plano existencial del escritor norteamericano Kurt Vonnegut (1922-2007) me ha llevado –una vez más, no será la última– a releer su obra, tan inseparable de su vida. Y vuelvo a comprobar el pasmoso efecto virósico de alto contagio que tiene su prosa y su manera de ver las cosas. Así, luego o durante una exposición a sus tramas e ideas –en la última semana he vuelto a leer Slapstick, Galápagos y Hocus Pocus, y no pienso detenerme–, la realidad, inevitablemente, se kurtifica o se vonnegutiza. Y el mundo continúa siendo la misma mierda de siempre pero, al menos, se disfruta del relativo consuelo de que existió un genio entre nosotros, alguien que describió a esa mierda mundial como ninguno y quien supo más sonreírse que reírse de ella convencido de que “el amor puede fallar pero debe prevalecer la cortesía”. Hi Ho.

Procedimientos bacteriales inequívocamente marca Vonnegut: en Splapstick, el protagonista no puede evitar lanzar un “Hi Ho” al final de casi todas sus parrafadas; en Hocus-Pocus se nos informa que el escritor no dispone de grandes cantidades de papel, por lo que se ve estilísticamente obligado a la frase corta en superficies como envoltorios de chicles; el fantasmal narrador de Galápagos nos advierte que colocará un asterisco junto al nombre de cada personaje cuya muerte sea algo inevitable e inminente. A lo que yo agregaría un nuevo remate para ciertas situaciones: “Pum Pum Pum”.

Así: el lunes 16 de abril del 2007, el joven surcoreano *Cho Seung-hui escribió una cartita donde maldecía a los “niños ricos”, “los charlatanes” y “los libertinos”, les dio de comer muchas balas a sus dos pistolas y salió a dar una última vuelta por el campus de la Universidad Politécnica de Virginia. Unas pocas horas después, *Cho Seung-hui les había obsequiado 32 asteriscos a otros tantos nombres y no se descarta la aparición de algún otro asterisco junto a alguno de los varios nombres que se encuentran en terapia intensiva. Pum Pum Pum. Hi Ho.

“Se oía un constante Pum Pum Pum”, relató un testigo que se salvó de ser asteriscado por *Cho Seung-Hui. Y a mí me conmovió la infantilización tan verídica del Bang Bang Bang. Porque se sabe que, en la realidad, los disparos no suenan como en las películas. De este lado de la pantalla, los disparos son mono y no dolby. Pero duelen más. Hi Ho.

Y el profesor *Liviu Librescu (gran nombre y alguien que no desentonaría como “héroe” vonnegutiano) se levantó la mañana del 16 de abril del 2007 y se fue a dar clase en una de las aulas de la universidad ya mencionada. Y cuando escuchó los Pum Pum Pum se interpuso entre *Cho Seung-Hui y sus alumnos, bloqueó la puerta con su cuerpo y –mientras los jóvenes se descolgaban por la ventana– murió por Pum Pum Pum a los 76 años de edad. Lo que no consiguió la represión nazi en su Rumania natal, un paso por un campo de trabajo y más tarde una estadía en el ghetto de la ciudad de Focsani, lo consiguió un estudiante enloquecido a quien venían considerando –ya han aparecido las pintorescas fotos en las que posa con armas en plan Rambo/Ninja– como “solitario, violento, errático y problemático”. Alguien que solía ir vestido con chaleco de cazador, había visitado el departamento de asesoría psicológica y estaba medicado con antidepresivos. Y sin embargo... Hi Ho.

Todo esto transcurre en el estado de Virginia, donde a partir de los doce años se puedes comprar –aunque no registrar a tu nombre– un fusil de asalto. A *Cho Seun-Hui –23 años, estudiante de literatura, autor de escritos “bastante inquietantes”– le iban más las pistolas y optó por una Pum Pum Pum Walter P22 y una Pum Pum Pum Glock de 9 milímetros. Y después de repartir todos esos asteriscos se dio cuenta de que le quedaba uno. Así que se lo puso a su propio nombre. Hi Ho.

Recién al día siguiente se hizo público su nombre –se demoró en identificarlo porque *Cho Seung-Hui se había hecho Pum Pum Pum en el rostro– y se alzaron las voces sobre los peligros de los extranjeros raros, sobre el karma de un país que sale al extranjero a poner a todos en peligro, sobre la recurrencia de los campus mutando a campos del tiro. Y entonces llegó a Virginia George W. Bush, presidente de un país con 190 millones de armas en manos de particulares. Bush dijo estar “horrorizado”. Me pregunto a qué se refería exactamente. Hi Ho.

Paren las rotativas: las armas de destrucción masiva están en Estados Unidos. En casita. Hi Ho. Discursos y lágrimas y Bush invocando a Dios y el himno nacional norteamericano. Es un lindo himno: pegadizo, un poco canción de cuna y un poco marcha fúnebre, fácil de silbar. Nada que ver con el nuestro, que parece sonar como lo que se oía dentro de la cabeza de *Cho Seung Hui. Nuestro himno nacional tiene problemas de personalidad múltiple: empieza varias veces, tiene abruptos cambios de ritmo y de velocidad, recuerda a demasiadas cosas y a ninguna, y termina con ese mandato un tanto complicado: “Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. Hi Ho.

Y en eso estamos. En otro de sus libros, Kurt Vonnegut teoriza que la extinción de la raza humana se deberá a “una total falta de seriedad... A nadie le importa nada de lo que sucede, de lo que sucederá o cómo fue que nos metimos en semejante lío”. Pero también matiza: “Una forma de comprender esto es pensar que la verdadera función de los seres humanos en este planeta es hacerlo volar por los aires. Tal vez estamos haciendo muy bien nuestro trabajo porque hemos sido programados para mejorar nuestras armas, para creer que la muerte es mejor que el deshonor. Así, llegará el día en que nuestro planeta volará por los aires y que así acabemos creando una nueva galaxia con sus fragmentos. ¿Qué puede salvarnos? La intervención divina, supongo. Pero tal vez estemos rezando no por ser diferentes sino para ser librados de nuestra mortal inventiva del mismo modo en que alguna vez los dinosaurios rezaron para ser librados de la enormidad de sus cuerpos”. De tener razón Vonnegut, está claro que nuestras plegarias serán atendidas más temprano que tarde porque cumplimos nuestra función divinamente: cada vez habrá más *Cho Seung-hui, cada vez más presidentes que se dedican a la fabricación masiva de asteriscos y, por desgracia, cada vez menos *Liviu Librescu. Hi Ho.

“Todo parece indicar que nuestros grandes cerebros han hecho insoportables a nuestras vidas” Kurt Vonnegut. Pum Pum Pum. **********... y así van las cosas. Hi Ho. Stop.

13 abril 2007

Kurt Vonnegut, la conciencia negra de los Estados Unidos (De Página 12)

  • Su obra provocó escozor y hasta quema de libros, pero la crítica terminó señalándolo como “visionario” y “auténtico desobediente y humanista”. Matadero cinco, la Biblia de los movimientos anti-Vietnam, impresiona aún hoy.
  • Con La pianola, publicada en 1952, Kurt Vonnegut inició un camino en el que supo disparar dardos contra la estupidez humana.
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Por Silvina Friera

Sus libros fueron prohibidos y hasta quemados por su presunto “contenido obsceno”. Se regodeaba en la mezcla de citas con frases sin terminar, elementos narrativos con documentales, textos de canciones, cuestiones metafísicas, chistes ingenuos y de mal gusto y escenas de sexo con un cinismo que dejaba sin aliento al lector. Su libro Matadero cinco se convirtió en la Biblia de todos los opositores a la guerra de Vietnam. Muchos llevaban la edición de bolsillo de esta novela y se sabían párrafos enteros de memoria. Agnóstico y librepensador, socialista en la meca del capitalismo, depresivo crónico –con un intento de suicidio con píldoras y alcohol–, figura clave de la literatura norteamericana del siglo XX, la crítica norteamericana lo calificó de “visionario”, “amable Casandra”, “auténtico desobediente y humanista”. Con esa originalidad y un sentido del humor que horadaba los argumentos bienpensantes, en una de las últimas entrevistas que concedió, con su melena gris de león que ha vivido lo suyo y esa expresión entre loco y perdido, se burlaba del desgaste de ciertas palabras, del cliché: “He descubierto que un humanista es una persona que tiene un gran interés por los seres humanos. Mi perro es un humanista”. Tal vez sentía que el tiempo se acababa cuando el año pasado escribió en su último libro: “Lo último que hubiese deseado es estar vivo cuando las tres personas más poderosas del planeta se llamaran Bush, Dick y Colin”, en alusión al presidente, vicepresidente y el ex secretario de Estado estadounidenses. Víctima de las lesiones cerebrales que había sufrido tras una caída en su casa de Manhattan, el miércoles por la noche murió, a los 84 años, el escritor Kurt Vonnegut.

Nació el 11 de noviembre de 1922 en Indiana (Estados Unidos). Aunque empezó a estudiar química en la Universidad de Cornell, Vonnegut debió abandonar sus estudios cuando se unió al ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre se suicidó con una sobredosis de somníferos justo antes de que el escritor partiera hacia Alemania, donde fue tomado prisionero durante la batalla de Ardenas a fines de 1944. No había matado a nadie porque era un tipo particular de soldado, un scout que penetraba en las líneas enemigas sin hacerse notar para descubrir qué había detrás, volver y contarlo a la artillería. “Me considero afortunado por no haber matado a nadie”, recordaba. “Pero si hubiese sido necesario, lo habría hecho.” Como prisionero de guerra en el país de sus ancestros –estaba en Dresde cuando las fuerzas aliadas bombardearon a la población civil (el saldo fue de 135 mil muertos, dos veces las víctimas de Hiroshima)–, se le ordenó que ayudara en la recuperación de cadáveres de las casas destruidas. Aunque siempre dijo que esa experiencia traumática –fue uno de los pocos que sobrevivió entre un grupo de siete prisioneros– no estuvo relacionada con su decisión de escribir, Vonnegut necesitó más de 23 años para darle forma a Matadero cinco, publicada en 1969, en plena guerra de Vietnam. Un libro que nunca volvió a leer –“ni siquiera pude tocar las galeras”, confesó–, y que a casi cuarenta años de su publicación continúa siendo una de las novelas más fuertes y originales de la narrativa norteamericana, por el modo en que se mixtura la realidad y la ciencia ficción, y por su visión crítica de la sociedad y de la crueldad de esa guerra.

“Si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre”, decía en el primer capítulo de Matadero cinco, que pronto se convirtió en un best seller entre la juventud pacifista norteamericana, éxito comparable con la fascinación que también generó entre los jóvenes El guardián entre el centeno, de Salinger, y En el camino, de Kerouac. Empleando la ironía como la mejor arma para sacudir las conciencias, Vonnegut afirmaba que él perteneció al grupo que se había enriquecido con el bombardeo. Si se parte de un cálculo de 135.000 muertos, serían unos “cinco a diez dólares por cabeza”, calculaba el escritor, buscando llamar la atención sobre la locura bélica. “Digo cualquier cosa para ser cómico, a menudo, en las situaciones más horribles”, señaló en una oportunidad ante un puñado de psiquiatras. Tal vez la clave de su perspectiva, la de un socialista estadounidense –en la tradición de Eugene Victor Debs, fundador del Partido Socialista–, se pueda sintetizar en una frase de Debs que Vonnegut solía repetir: “Mientras exista una clase baja estaré en ella, mientras haya algo criminal me mantengo fuera. Y mientras haya un alma en prisión yo no me siento libre”.

La sátira, el humor negro, la crítica social, ciertos recursos de las vanguardias, lo fantástico con resonancias filosóficas –Parménides, Epicuro, Plotino, Spinoza o Schopenhauer– cimentarían la obra de Vonnegut. Y dos de sus inolvidables alter egos, Billy Pilgrim y Eliot Rosewater. Después de la guerra trabajó como periodista en Chicago, en cuya universidad estudió antropología. En 1952 publicó su primera novela, La pianola, distopía y sátira social también conocida como Utopía 14. No fue quizás un buen comienzo, o al menos no el que Vonnegut esperaba, pero libro tras libro –Las sirenas de Titán (1959), Madre noche (1961), Cuna de gato (1963), “el libro más cercano a mi corazón”, según confesaba el escritor, Dios le bendiga, Mr. Rosewater (1965)– cosecharía cada vez más lectores, adeptos, seguidores, y elogios como el de Gore Vidal: “Original, único: Kurt nunca fue aburrido”.

“Así va la vida”

Después del éxito de Matadero cinco (1969), considerada una de las novelas antibélicas más destacada del siglo XX –filmada en 1972 por George Roy Hill y protagonizada por Michel Sacks en el papel de Billy Pilgrim–, Vonnegut publicó El desayuno de los campeones (1973), Payasadas (1976), Pájaro de celda (1979) y Galápagos (1987), entre otros. Hace cuatro años, poco después de haber cumplido 80, confesaba que no podía escribir. Estaba retirado, era un “jubilado” de la literatura. “Estoy literalmente paralizado por el estado en que se encuentra mi país. La televisión no ha transmitido ni siquiera las protestas de los pacifistas. The New York Times se negó a publicar un discurso que pronuncié en un encuentro por la paz. Es como vivir bajo un ejército de ocupación que se ha apoderado de los medios de comunicación.” Lo que le resultaba radicalmente nuevo al escritor en ese 2003 era que las nuevas generaciones estaban heredando un cúmulo de tecnologías “que están rápidamente destruyendo las posibilidades de que este planeta continúe siendo respirable y eliminando la posibilidad de cualquier forma de vida”. Antropólogo de formación, sostenía que una de las razones por las cuales los norteamericanos eran odiados era porque introdujeron en otros países nuevas tecnologías y planes económicos que destruyeron la cultura de mucha gente.

Enjuto, desgarbado, quizá más desacomodado que nunca ante este panorama, “así va la vida”, como repetía en Matadero cinco, Vonnegut admitía que los atentados contra las Torres Gemelas lo habían sorprendido más que nada por “el óptimo trabajo que hicieron los terroristas”. “¡Vaya si estaban preparados! Naturalmente, son las mismas personas que inventaron los números, el cero y el álgebra, por lo cual no hay de qué asombrarse tanto.”

Insectos prisioneros en ámbar

“Los terrestres son grandes narradores; siempre están explicando por qué determinado acontecimiento ha sido estructurado de tal forma, o cómo puede alcanzarse o evitarse. Yo soy tralfamadoriano, y veo el tiempo en su totalidad de la misma forma que usted puede ver un paisaje de las Montañas Rocosas. Todo el tiempo es todo el tiempo. Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente es. Tome los momentos como lo que son, momentos, y pronto se dará cuenta de que todos somos, como he dicho anteriormente, insectos prisioneros en ámbar”, escribió en Las sirenas de Titán. Vonnegut, tal como Philip K. Dick, fue mucho más que un escritor de ciencia ficción. Por esencia, por definición, sostenía que la literatura está cargada de opiniones. El apuntó sus dardos satíricos contra la estupidez humana. Y dio, siempre, en el blanco.

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10 abril 2007

¿Hacia un “progresismo compasivo”? (de Antonio Cortés Terzi)

Sin necesidad de maniobras ni conspiraciones, el cambio de gabinete es el inicio del retorno al “reordenamiento” del sistema de toma de decisiones en función de prácticas oligarquizantes creadas bajo el influjo de la transición y del afamado “modelo económico”.

“El sueño del bacheletismo que nos tuvo a todos con los ojos anegados de emoción parece no ir más”. Esta frase de Carlos Peña (“El Mercurio”, 01/03/07) resume una de las mayores coincidencias que se encuentran en las interpretaciones que se han hecho del último cambio de gabinete. La conclusión más compartida entre círculos políticos e intelectuales es que la nueva composición ministerial sería una sólida señal de que, en lo esencial, el proyecto Bachelet se frustró y que se inició un giro sustantivo en ideario, proyecto y poder favorable a las corrientes tradicionales y liberales de la Concertación.

El ideario Bachelet nunca fue definido de la A a la Z. Pero más que una carencia o error -aunque en algunos aspectos lo eran-, sus indefiniciones o vaguedades sobre determinadas áreas resultaban de uno de sus rasgos identificatorios: su aspiración innovadora. Como cualquier buen espíritu innovador, este ideario no constreñía la innovación a un estricto plan prediseñado, sino que dejaba espacios para una innovación en base a la marcha de la misma.

La propuesta tenía dos ejes centrales: énfasis programático en lo social y desarrollo de una nueva generación lideral de la Concertación. Ambos se contravenían y se conflictuaban de modo objetivo con dinámicas mentales y de poder fuertemente instaladas y hegemónicas en los hechos al seno del concertacionismo. A su vez, ambos eran orgánicamente interdependientes: sólo una nueva generación podía dar el viraje ambicionado y sólo ese viraje le daba racionalidad histórica al desarrollo de una nueva generación.

El cambio de gabinete virtualmente terminó con el ya debilitado proceso de configuración de nuevos liderazgos. Caducado ese eje, el innovador de manera necesaria se debilita y del énfasis social es probable que se pase al acento en el crecimiento, que siempre entraña grados importantes de conservadurismo en materias políticas, societarias, culturales, etc. Que la transformación generacional ha sido sacrificada se confirma no sólo por el regreso de antiguas figuras, sino por la supremacía que alcanzó en el gabinete la fracción liberal de la Concertación. Es efectivo que el equipo tiene rostros nuevos provenientes de la escuela económico-liberal. Pero hay que atender a dos detalles: dada la composición ministerial, el nexo más significativo entre los nuevos rostros no es el generacional, sino su adscripción al liberalismo. Y, quiérase o no, adscriben además a una de las corrientes transversales más tradicionales del concertacionismo y que, bemoles más bemoles menos, ha participado activamente en la configuración de un pensamiento y un estilo tradicional del concertacionismo, en extremo influyente en las improntas continuistas de los gobiernos de la Concertación.

De ninguna manera los rostros nuevos se pueden considerar representativos de una nueva generación y menos de una innovadora en el campo de la renovación progresista de la centroizquierda. ¿Por qué el Gobierno más confesamente identificado con la proyección de los idearios ancestrales socialdemócratas y socialcristianos termina concediéndole -como ningún otro- tanto poder al economismo-liberal? El cientista político Alfredo Joignant ha dado una razón muy atendible (“Estado Nacional”. TVN, 25/03/07). Su hipótesis, dicha de forma escueta, es que la “culpa” mayor radicaría en las propias corrientes afectadas, toda vez que, a diferencia de las liberales, no han logrado edificar homogeneidades político-culturales con soporte de poder político ni un cuerpo de ideas traducible en propuestas de políticas públicas, ni tampoco ofrecen una cartera suficiente, competitiva e idónea de político-intelectuales y tecnopolíticos. De allí que, ante las premuras y demandas ejecutivas del Gobierno, la mejor opción era recurrir al stock de liberales.

La hipótesis, como se dijo, es atendible y, es probable, que explique buena parte del asunto. Pero podría ser complementada con una duda: ¿no será que la hegemonía económico-liberal en Chile es de tal grado y se ha fraguado en círculos de poder tan oligarquizados que ha conseguido crear la imagen, precisamente, de inexistencia de pensamientos políticos y tecnopolíticos alternativos? ¿No será que sí existen alternativas social-progresistas al liberal-progresismo, pero que no se las ve merced al formidable murallón dentro del que las ha encerrado la hegemonía y poder del liberal-progresismo?

Lo que aquí se sostiene -a propósito de lo anterior- es que la presumible caducidad del proyecto es sólo un síntoma de una cuestión más amplia, más grave y más dramática. Este proyecto amenazó la preeminencia de los grupos de poder concertacionistas que se armaron en el curso de más de tres lustros. Pero al amenazarlos, puso también en jaque todo un sistema de toma de decisiones que ha operado por mucho tiempo en la vida nacional. En consecuencia, también amenazó a grupos de poder extra Concertación. El derrumbe del proyecto, más allá de sus propias fallas, es, en gran medida, debido a la reacción natural, espontánea, de los circuitos de poder transversales gestados en los últimos años y que configuran la esencialidad de lo sistémico.

Sin necesidad de maniobras ni conspiraciones, por “el peso de la noche” (léase, el peso de lo sistémico), el cambio de gabinete es el inicio del retorno al “reordenamiento” del sistema de toma de decisiones en función de las prácticas oligarquizantes creadas bajo el influjo de la transición y del afamado “modelo económico”. El drama es que la frustración del proyecto Bachelet es muchísimo más que eso. Es además y entre otras cosas, el presagio de que la Concertación es incapaz de renovarse de modo significativo y que la centroizquierda está cada vez más entrampada en lo sistémico y en su reproducción. Tal vez sea hora de ir pensando en una nueva definición “doctrinaria” para una centroizquierda tan encorsetada en cuanto a ideario y proyecto. Se sugiere, parafraseando a las neoderechas, definirse como “progresismo compasivo”. Ser más compasiva que la derecha sería el “gran” ethos diferenciador de la centro-izquierda.

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