"Nunca digas que fue un sueño. No aceptes tan vanas esperanzas"

Blog construido específicamente para el curso Estrategias II del Magíster en Comunicación Política, U. de Chile. Luego... desaparecerá (el título es un verso de Kavafis)

24 octubre 2006

Cómo la homosexualidad arruina las carreras políticas (o como no aprendemos nada mirando la tele... ¿Homo videns?)

John Patterson, THE GUARDIAN (publicado en LA NACIÓN)

Dos grandes películas muestran cómo la hipocresía en torno a la homosexualidad arruina carreras políticas. Fueron hechas hace 50 años, pero no hemos aprendido nada. Quizás esto sea porque los adultos políticos que habitan ambas películas escasean en la política actual.

Ser espectador de la política en Washington en el último mes ha sido como estar atrapado dentro de una obra de Tennessee Williams; una que, al igual que “De repente”, “El último verano” o “La gata sobre el tejado caliente”, tiene como su motor narrativo el terrible secreto de la homosexualidad reprimida que tarde o temprano debe, para usar una expresión lamentable, salir del closet.

Uno cree que la trama gira en torno Irak o la cultura de corrupción o la incompetente respuesta a Katrina, cuando de repente, resulta que los republicanos perderán el control del Congreso que Newt Gingrich consiguió en 1994 no como consecuencia de sus verdaderos y cuantificables pecados, sino porque a un representante electo de poca importancia se le ocurrió toquetear a jóvenes becarios del Congreso.

No es nada nuevo afirmar que existe una subcultura homosexual profundamente enclaustrada y autodestructiva e incluso homófoba dentro de los mandos superiores del Partido Republicano (aunque acosar a adolescentes parece ser una nueva actividad). El escándalo de Mark Foley me recuerda al primer best seller bona fide de Washington DC, “Advise and consent”, de Allen Drury, publicado en 1957 y convertido en una gran película por Otto Preminger en 1962.

La novela se transformó en una de las inspiraciones del joven Gingrich. Éste robó sus tácticas políticas más despreciables a uno de los personajes de la novela, el senador Van Ackerman, adicto al chantaje e inequívoco boludo macarthista. El mismo Gingrich fue derrotado como presidente de la Cámara de Representantes debido a su incapacidad, al igual que Van Ackerman, de percatarse que extralimitarse y actuar con indiscreción son recursos brutales y no fines políticos viables. Debió de haber estudiado a Allen Drury con mucho más cuidado.

La película de Preminger es una excelente representación de un complicado best seller. Se trata de la lucha por la nominación del candidato del Presidente a secretario de Estado (Henry Fonda) a pesar de la enérgica oposición del legislador del sur, Seeb Cooley, interpretado a todo dar por un campante y radiante Charles Laughton.

Según Cooley, en el pasado Leffingwell fue un comunista clandestino, acusación que resulta ser verídica. No obstante, la nominación parece segura hasta que Brigham Anderson (Don Murray), el carismático y decente presidente del comité, aplaza las audiencias. Esto lo deja expuesto al chantaje efectuado por Van Ackerman en torno a una relación homosexual que tuvo lugar durante la guerra.El punto culminante se da cuando Anderson logra encontrar al delincuente que lo ha delatado, siguiéndolo a un bar gay clandestino (la primera vez que aparece uno en una película estadounidense). Posteriormente, Anderson se suicida, el recurso en última instancia favorito de los homosexuales hasta los años setenta.

El melodrama político de Gore Vidal, “The best man”, producido en 1964, ofrece un argumento parecido.

En esta ocasión, Henry Fonda y Cliff Robertson se pelean por la candidatura presidencial en la convención de su partido. El pensante liberal al estilo Adlai Stevenson que interpreta Fonda tiene problemas respecto de sus hábitos mujeriegos (algo así como Nelson Rockefeller), pero su rival macarthista, Cliff Robertson (una mezcla de Nixon y Bob Kennedy, y portador del espléndido nombre de Cantwell), tiene culebras gay en su clóset desde sus días en el ejército. Ambas películas terminan con carreras destrozadas por la homosexualidad, o, mejor dicho, por la hipocresía en torno a la homosexualidad. Casi 50 años después, no hemos aprendido nada.

Quizás esto sea porque los adultos políticos que habitan ambas películas escasean en la política actual. Es fácil encontrar ejemplos actuales de las ratas, maleantes, aprovechadores, chantajistas y canallas de Drury en el Congreso actual (e igual número en el Parlamento de Westminster en Londres), pero al parecer no existen contrapartes modernas para los personajes de Fonda, el tipo confiable, benevolente al estilo Walter Pidgeon, o los presidentes inquebrantables interpretados por las viejas estrellas de los años veinte y treinta tales como Lee Tracy y Franchot Tone. En lugar de éstos, nos vemos gobernados por políticos que han adoptado los viciosos métodos de Cantwell y Van Ackerman, y de su fiel adulador Gingrich. No obstante, es gratificante ver que el melodrama de mitad de período de 2006 podría haber sido la obra de Drury y Vidal mismos, y promete una satisfactoria conclusión en la cual todos los mojones se escurren por la taza del water.

21 octubre 2006

Del ejercicio de la profesión (o lo mejor del periodismo se verifica en épocas extraordinarias)

Pulicado en Página 12 (21/10/2006).

"Mal día para leer el “Post”"

Por Santiago O´Donnell

Escribo estas líneas con bronca, dolor y vergüenza. Tuve la suerte de pertenecer a la redacción del Washington Post, el más progresista de los grandes diarios norteamericanos. Allí trabajé con las plumas que destaparon el Watergate, allí me formé como periodista. Ese mismo diario, tantas veces ejemplo del periodismo más profesional, ayer publicó una incalificable apología del terrorismo de Estado en la Argentina. Incluye referencias a desaparecidos que estarían en Europa y reflota la teoría de los “excesos” supuestamente cometidos en medio de una “guerra sucia”. Dice que “el Gobierno y sus tribunales” están poblados de ex guerrilleros y que ésta sería la causa por la que se reabrieron los juicios de derechos humanos, que no buscan justicia sino venganza. Sugiere que el juez de la causa Etchecolatz es casi un terrorista encubierto y que el pensamiento retrógrado del coronel retirado Nani representa a buena parte de los argentinos. Recomienda “no avivar las brasas” del pasado.

Solamente un facho incorregible o un enviado de Washington que nunca salió de Barrio Norte puede escribir semejante barbaridad. Este último parece ser el caso de Monte Reel, autor de la nota, a quien no conozco, pero leo en la página web que pasó mucho tiempo con soldados norteamericanos cubriendo la guerra de Irak.

Sí conozco a Elsa, que durante décadas manejó la oficina del Post en la Argentina y que en los años de plomo arriesgó su vida para sacar del país casetes en los que el entonces director del Buenos Aires Herald, Robert Cox, denunciaba los crímenes de la dictadura. Y conozco a Donald Graham, el dueño del Post, un multimillonario que tras recibirse en Harvard se pasó dos años trabajando como policía raso en Washington porque sentía que debía servir a su país, pero la guerra de Vietnam ya había terminado.

Quiero creer que solamente el clima bélico imperante en Washington y la necesidad de mantener viva la “guerra contra el terrorismo” en cada rincón del planeta hicieron posible que los editores no advirtieran el buzón que Nani le vendió a su joven periodista, quien no parece haber advertido que la Argentina no empieza en Parera y Quintana ni termina en Puerto Madero. Pero no puedo justificarlo.

Pienso en los predecesores del actual corresponsal del Washington Post. Pienso en las lágrimas de Tony Faiola y sus crónicas de la hambruna en Tucumán, que promovieron una campaña solidaria y la llegada de varios containers con alimentos desde Estados Unidos, y que le costaron un enfrentamiento público con el entonces director de la Aduana, Antonio Das Neves, porque la ayuda no llegaba al hospital tucumano que tanto la necesitaba. Pienso en la conmovedora crónica que Eugene Robinson escribió desde Catamarca sobre el caso María Soledad. O el seguimiento que hasta el día de hoy Jackson Diehl viene haciendo de la Noche de los Lápices, historia que conoció en Buenos Aires y que nunca pudo olvidar. Pienso en Karen de Young, que nunca olvidó lo que vivió acá durante la dictadura, y que volvió 20 años después para denunciar a los laboratorios norteamericanos que usaron a pacientes argentinos como conejillos de Indias. Pienso en Ed Cody, que también dejó su huella aquí y que se pasó la última guerra del Líbano esquivando bombas arriba de un jeep con Robert Fisk, quien no dudó en elogiar su valentía, conocimientos y manejo del árabe en estas mismas páginas. Pienso en Paul Blustein, que dedicó un año de su vida en demostrar empíricamente la enorme responsabilidad de Wall Street en la crisis del corralito. Pienso en Jim Rowe, que usó sus vacaciones y pagó los pasajes de su bolsillo para inspirar a jóvenes periodistas en Buenos Aires, Misiones o Mendoza.

Y me da bronca, vergüenza y dolor.

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18 octubre 2006

A pito del feminicidio y otras violencias: la propia autocontención

Madres, hijas
Por Sandra Russo (Página 12, sábado 14 de octubre)

"Hace poco más de un año, en una contratapa que se llamó “El otro lado de la vía”, conté la internación de mi madre en una clínica psiquiátrica. La internación fue el corolario de una época difícil, en la que la demencia no era “oficial” y a la confusión de ella se sumaban la mía y la de mi padre. Es que en cierto modo, la enfermedad exacerbó rasgos de carácter que estuvieron presentes toda su vida. Por lo menos, toda mi vida.

En este año que pasó, en las visitas, fui presenciando su adaptación a la clínica y también fui detectando, con infinito asombro, cómo la demencia le permitía acceder a mi madre a algunos estados que le habían sido vedados, quién sabe si por su educación, su personalidad o la forma embrionaria de la enfermedad. Concretamente, mi madre hoy me recibe con una sonrisa, me da la mano, me acaricia, me dice que me quiere, disfruta los mates extra dulces que ella ceba, mientras habla me acaricia las manos.

Mañana es el Día de la Madre y ése fue un día conflictivo en mi vida hasta ser yo misma madre. En algún libreto intangible está escrito que la maternidad por sí sola mejora a una mujer. Por si los supuestos judeocristianos fueran poco, vivimos en un país en el que el culto a la madre fue abonado por la música porteña: en el tango, la madre es madrecita, y es más, es pobre madrecita. Comparada con las gatas en celo de los burdeles y la noche, la pobre madrecita era sellada como la estampilla oficial de la beatitud femenina, que puede resumirse en un único y poderoso rasgo. La abnegación.

El culto a la madre argentina copula con la capacidad femenina de negarse a sí misma para pensar en los demás. Reivindica la retirada masiva del deseo en una mujer, para predisponerla de buen humor a la satisfacción de los deseos ajenos. Ensaya un adoctrinamiento social en base a esos valores y asegura vínculos de eterna gratitud. Es como si las mujeres pudiéramos vivir nuestras vidas impulsadas apenas por las deudas que tienen con nosotras, y que como somos buenas hemos decidido no cobrar.

Pues bien, las cosas suelen no encajar con lo que se espera de ellas. Mi madre siempre fue una mujer especialmente perceptiva y una energía increíble que nunca pudo liberar. Fue una mujer que aceptó las reglas de un juego para el que no estaba preparada. Mi madre hubiera sido mejor madre, estoy segura, de haber podido abnegarse menos, defenderse más. Porque hay mujeres a las que la abnegación les está vedada estructuralmente, y esas mujeres suelen ser llamadas malas madres. Es el discurso contra lo real: gana el discurso, y lo real enloquece.

Para el Día de la Madre, si pudiera, le regalaría a mi madre, con retroactividad, un permiso para no abnegarse, para hacer su vida de una manera que no dejara tan conformes a los demás y tan irritada a ella. Es cierto que vivió enojada conmigo, con los demás en general, encapsulando una agresividad que sólo a veces se entreveía entre las rasgaduras de su carácter. Es cierto que no me quiso bien. Pero yo estoy escribiendo esta nota mientras ella deambula por una clínica de reposo en la que los pasos se arrastran como el pasado.

Si pudiera, le daría la oportunidad de hacer todo de nuevo, de ser más egoísta, de ser más honesta y brutal con sus deseos, de no tenerles miedo, tanto miedo a sus fantasías. Si pudiera, le regalaría esa libertad.

El culto a la madre encubre una forma velada y sutil de desprecio a las mujeres. Exacerba una parte femenina, en desmedro de otras partes que debemos ignorar. Recién ahora, loca, en la clínica, mi madre se ha sacado la faja mental y su mundo interior ha explotado. Y en ese mundo, junto a todo lo negado, también estaban su amor por mí, su ternura, su fragilidad, su candor, su frescura. Recién ahora puede decirme que me quiere, y no es tarde para que yo le corresponda."

13 octubre 2006

La sonrisa interminable, Rodrigo Fresán, Página 12



UNO Durante muchos años –creo que desde los inicios de su presidencia hasta casi el final de su vida– el mensuario norteamericano Esquire solía publicar, una y otra vez, sin motivo alguno, una foto de Richard Nixon partiéndose a carcajadas acompañada de la insistente pregunta a modo de título/epígrafe: “¿Por qué se ríe este hombre?” El chiste era uno de esos chistes que funcionaba por insistencia y repetición pero, también, porque planteaba un interrogante cuya respuesta era obvia. Y, por lo tanto, graciosa. Richard Nixon se reía de todos los norteamericanos y de buena parte de los habitantes del resto del mundo.

Y es que las motivaciones que accionan los engranajes de una risotada suelen ser, por lo general, obvias. Mucho más difícil resulta discernir las razones o la falta de razón detrás de una sonrisa. Lo que nos conduce, una vez más, por los pasillos del Louvre, a ese célebre cuadrito colgado de esa pared, sitiado por japoneses y por adictos a códigos que les revelen lo que siempre supieron: que hay gente dispuesta a creerse cualquier cosa y que se lo creen con la más embobada da las sonrisas.

DOS En su libro The Face, Daniel McNeill se refiere al misterio de las sonrisas. McNeill precisa que la imprecisión de la sonrisa aparece en nuestros rostros casi desde el día en que nacemos y que resulta nuestro rasgo más inmediatamente identificable incluso desde distancias considerables. Así, vemos antes una sonrisa que una nariz grande o unos ojos azules; y nuestras primeras sonrisas son las más misteriosas de todas porque resulta imposible saber a qué se deben. Recién entre la quinta semana y el cuarto mes de vida –según McNeill– la sonrisa se vuelve “social” y se convierte en un instrumento indispensable tanto en las relaciones humanas como en las novelas de Tolstoi, probablemente el más talentoso escritor de sonrisas en toda la historia de la literatura.

Y se supone que una sonrisa es muestra de buena voluntad pero pocas cosas más ambiguas o traicioneras que una sonrisa. Porque –el estudioso Paul Ekman ha contabilizado dieciocho tipos de sonrisas con numerosas variaciones y subclases– hay sonrisas despectivas y sonrisas avergonzadas y sonrisas falsas y sonrisas torcidas como la de Elvis y, volviendo a lo del principio, está la maldita sonrisa de la maldita Gioconda que, probablemente, sea la sonrisa más discutida y acerca de la que más teorías e hipótesis se han propuesto. Y nada hace pensar que esto –esta necesidad de imaginar sobre lo inimaginable– vaya a cesar alguna vez porque, seguro, no hay pasatiempo más divertido que la exploración de esta sonrisa regalada a la que todos, aunque no sean visibles en el cuadro, le miran los dientes.

TRES En la que tal vez sea su mejor canción –“Visions of Johanna”–, Bob Dylan arriesga que “Mona Lisa debe tener los blues de la autopista, te das cuenta por el modo en que sonríe”. Cole Porter enumera a su sonrisa como una de las grandes cosas del universo en “You’re the Top”. Nat “King” Cole la tradujo a una de las mejores baladas dulzonas jamás cantadas y abundan las mutaciones de la dama con firmas de Dalí, Duchamp, Warhol y que pase el que sigue hasta llegar a los Muppets o los Simpsons. Aquí y ahora, pocos discuten el hecho de que La Gioconda sea la pintura más famosa del mundo tal vez porque es una de las pinturas de las que menos se sabe. ¿Era una mujer? ¿Era un hombre? ¿Era una versión femenizada de Leonardo o se trata de Caterina, madre del artista? ¿Le dicen La Gioconda porque el modelo fue Lisa Gherardini, la esposa del mercader Francesco del Giocondo o porque gioconda es una forma de decir “jocosa”? ¿O en realidad es Isabella de Aragón, duquesa de Milán? ¿Está completa o es el fragmento recortado de un lienzo mayor? ¿Le agregaron el fondo a posteriori? ¿Contrató Leonardo a cómicos que alegraran a la noble mujer mientras posaba largas horas? ¿Quién sabe? ¿Importa saberlo?

CUATRO Y días atrás leí en un diario –noticia a toda página– el siguiente titular: Mona Lisa desvela su secreto: Un estudio revela que “La Gioconda”, de Leonardo Da Vinci, se encontraba en período de lactancia. Y ahí, en El País, en un artículo firmado por Ian Austen, se nos informa que “el análisis científico más importante realizado en los últimos 50 años al cuadro ha descubierto algunos secretos inesperados”. Y a continuación se nos cuenta que Bruno Mottin –conservador del departamento del Centro de Investigación y Restauración de los Museos de Francia– ha llegado a la conclusión, a partir de una casi invisible “gran túnica de gasa transparente que se puede ver, en parte, a la derecha del cuadro” es posible asegurar que la dama retratada se encontraba embarazada o en período de lactancia. Según Mottin, “este ropaje transparente, casi invisible pero que es posible distinguirlo si se sabe lo que se busca, lo llevaban las mujeres que esperaban o estaban a punto de tener un hijo”. Mottin también precisa que cabe asegurar que “las nuevas imágenes captadas demuestran que, en cierto momento, sus manos estuvieron apretadas y no en posición relajada y que era como si fuese a levantarse de la silla”. El mismo artículo nos anuncia que el desarrollo de nuevas tecnologías no hará otra cosa que arrancarle nuevas y sorprendentes revelaciones a un cuadro que –explica David Rosand, historiador de la Columbia University– “nunca se ha limpiado y está sorprendentemente sucio”. Así que ya saben: pronto sabremos para qué se quiso levantar la Mona Lisa, qué comió esa noche y dónde solía ir de vacaciones de acuerdo con la pigmentación oleaginosa de su bronceado.

En lo personal –tengo entendido que hasta hay una especie de anti-Nobel que todos los años se otorga a la investigación científica más absurda e innecesaria–, lo que a mí no deja de sorprenderme es semejante pasión y curiosidad a la hora de querer dilucidar lo que no hace falta, lo que no agrega nada, lo que aportará ninguna explicación al asunto porque difícil que gente capacitada y muy racional pueda comprender lo que se esconde tras los velos transparentes o no de esa manifestación noble de lo que –-por poco común– no es otra cosa que una aberración singular, a la falta de mejor nombre, hemos dado en llamar genio.

Puestos a buscar explicaciones, la verdad que a mí me interesa saber por qué grita el cuadro de Edvard Munch. Aunque, claro, la respuesta es mucho más obvia y sencilla: El grito grita cada vez que nos paramos frente a él. Motivos no le faltan.

12 octubre 2006

de Miguel Hernández, un Soneto

No me conformo, no: me desespero
Como si fuera un huracán de lava
En el presidio de una almendra esclava
O en penal colgante de un jilguero

Besarte fue besar un avispero
Que me clava al tormento y me desclava
Y cava un hoyo fúnebre y lo clava
Dentro del corazón donde me muero

No me conformo, no: ya es tanto y tanto
Idolatrar la imagen de tu beso
Y perseguir el curso de tu aroma

Un enterrado vivo por el llanto
Una revolución dentro de un hueso
Un rayo soy sujeto a una redoma

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11 octubre 2006

Autocríticas, Uno, Rodrigo Lira

"Está mal hecha
La Mujer está mal hecha
dice la letra
de una cumbia
colombiana

ESPANTOSA SENSACIÓN
cuando te consta y es evidente
que esa poesía que escribiste hace no mucho
también está mal hecha
la Poesía está
mal
hecha"

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